martes, 16 de julio de 2019

Julieta y el fin del mundo.




No sé, Julieta, tampoco es para tanto, ¿no? Tú siempre has vivido al límite en cierto sentido, al día, quiero decir. Ni siquiera tienes despensa en casa porque no sabes dónde vas a despertar cada mañana. “¿Y si me cae un tiesto encima mientras voy caminando por la calle y me deja en coma cerebral o difunta?”, me has dicho siempre. Pues tenemos el tiesto encima y no hay manera de esquivarlo.



No tiene sentido que llores, Julieta. Mírame a mí; toda la vida ahorrando, pasando de largo cuando me gustaba un vestido; poniendo mil excusas cuando ibais de conciertos, de cenas, al cine, que ni un cine me permitía, Julieta, porque tenía que guardar para el coche. O para el piso. O para el plan de pensiones. Como cuando fuisteis de viaje a París, ¿te acuerdas? Cuando te enrollaste con él sabiendo que llevaba años, ¡años!, gustándome. Ya salió el tema, ¿ves? No quería, Julieta, no quería porque él no tiene cabida en nuestro último día de vida, pero qué me dijiste entonces, ¿lo sabes? Pues lo mismo, lo de tu tiesto y tu coma cerebral, que la vida hay que vivirla porque nunca se sabe. Esto es igual, Julieta, igual.


La verdad es que no tenían que haberlo anunciado así, a bombo y platillo. Esto se hace en silencio, en secreto, en plan misión de la NASA y punto. A ver a qué viene someter a toda la población a este estrés premortuorio que no sirve para nada más que para colapsar los teléfonos, las urgencias hospitalarias y los tanatorios con todos los que se han adelantado y terminado con su vida, motu proprio, por el placer de ser enterrado como Dios manda, con sus coronas de flores y su misa de difuntos, antes de que el gran final nos deje fritos a todos de cualquier manera y sin una flor que llevarnos a la tumba.
Venga, levántate del suelo. Hagamos balance, que eso relaja mucho y así te vas al otro mundo con todos los chacras bien puestos y con la paz interior a tope. Piensa, relaja, respira. Son cuarenta años con una media de treinta parejas sexuales al año desde los quince. Esos son muchos, Julieta. Muchos, no sé, y para un día que me queda en el convento no pienso levantarme a por la calculadora. ¿Ves? Le has sacado todo el jugo a la vida, Julieta. Has exprimido vida y hombres como nadie. Muchos de ellos estarán ahora pensando en ti, como Romeos sin cabeza. Seguro que alguno te escribe un mensaje antes de que le pongan la inyección letal al mundo. Qué barbaridad, Julieta, son muchos, ¿no? Y ni una enfermedad de transmisión sexual, ni un embarazo no deseado ni nada. Admirable. Ya, ya, no llores, que lo del embarazo deseado se te antojó después, cuando te conté lo mío y tú empezaste a saltar imaginándonos a las dos paseando barrigas y herederos juntas. Qué ilusión te hizo, ¿verdad? A mí también, no como a él, que se quedó blanco, mudo, quieto. Aquel día no me pegó. Bueno, estuvo sin pegarme unos días, la verdad, que todo hay que decirlo, y más ahora que no sabemos si lo del Juicio Final resulta cierto o no, y lo mismo le rebajan condena por eso. Nosotras en cambio estábamos felices, poniéndonos cojines debajo de la ropa y dejándonos caer en los sillones como si fuésemos a parir de un momento a otro. Yo ya te había perdonado lo de París porque por cuatro besos no iba a echar a perder una amistad de tantos años y, aunque a veces me acordaba, la intensidad del dolor era bastante menor. Me llevó tiempo, porque una herida de puñal en la espalda tarda su tiempo en cicatrizar, pero el perdón os lo di porque os quería demasiado a los dos. Igual porque no quise dejar el camino libre tampoco. No sé, eso nos lo diría un psicoanalista, pero ya no voy a pedir ni cita porque no creo que haya ninguno de guardia sabiendo que mañana finiquitan el planeta. Aunque si abrieran la consulta ahora mismo, se forraban. Y para qué ya, ¿verdad? “Se hace multimillonario el día antes del Fin del Mundo”. Qué pardillo, en vez de estar por ahí, repartiendo su esperma a diestro y siniestro, fumándose los habanos que guardaba para la boda de su hija.


Una lista. Hay que hacer una lista, Julieta.



Cosas que hacer antes del fin del mundo. Yo, por ejemplo, diría que tengo que llamar a mi madre. No sé ni como no lo he hecho ya, soy una hija horrenda. Aunque es lógico, de tal palo, ya sabes. No contesta. Igual en la residencia les han dado una pastillita a todos y los han puesto a dormir para que les dejen pasar el último día en paz sin recoger orines rancios y pelos blancos del suelo. Adiós, mamá. Nos vemos en el otro lado. O puedes hacerte la tonta y fingir que no me conoces, así evitas que te pueda avergonzar otra vez. Sí, ya sé, Julieta, era un día importante para ella, una medalla por lo bien que había trabajado toda su vida, una mujer de su época, todos los osbstáculos que tuvo que salvar, todas las bofetadas del abuelo que aguantó estoica acumulando un odio que, parece ser, me vomitó a mí encima. Es una lástima lo de la falta de psicoanalistas hoy, de verdad te lo digo, Julieta. En el fondo sabes que me vio, pero no conjuntaban bien su Dior blanco impoluto con la cara deformada de su hija y el parte donde hablaban de las múltiples patadas y puñetazos que su adorado y reputado yerno le había propinado. Por suerte, como ella decía, ni siquiera había comentado lo de mi embarazo entre sus amistades. No estaría de Dios, decía. Eso decía.


También podría llamarlo a él. Quizás luego, Julieta. Dejémoslo para el final, cuando no haya tiempo para los reproches y solo queden buenos deseos para todos. Incluso para él. Luego, Julieta.


             Es curioso. Toda la vida diciendo que no me podía morir con las ganas de conocer esto o de hacer, no sé, aquello, y estoy en blanco en cuanto a últimos deseos. Prueba tú, Julieta. Dime, algo habrá que nunca hayas hecho y quieras probar. Pero no llores más, desde luego son ganas de gastar lágrimas y tiempo y pañuelos tontamente. A ver, ¿esto tiene solución? No. ¿Vas a arreglar algo llorando? No. ¿Van a frenarse los efectos de la bomba de mierda que ha tirado el puto loco este? Ya lo han dicho, no hay solución. Da gracias, o no, a que estamos en la otra punta del mundo y somos los últimos de la cola en respirar el gas pestilente, así que venga, Julieta, concéntrate, que tenemos tiempo de montarnos una despedida a lo grande.



 Algo habrá.


             Yo así la verdad es que no puedo, Julieta, me lo pones muy difícil, cariño. Casi hubiese sido mejor estar en la otra punta del mundo y que a estas horas ya estuviésemos criando malvas tan tranquilas y tan felices. Qué bochorno de tarde; me estás haciendo eternas las últimas horas de mi vida. Eternas.
Anda, ven, ponte de pie, déjame ver esa cara. Aparta ese pelo mojado, déjame secarte los ojos, así, a besos, tus mejillas, tu boca, besos, Julieta, que todo lo pueden. Dame las manos, tranquila, pónmelas aquí, en mi pecho, ¿lo notas? Es mi corazón. Está latiendo, Julieta. Aún no ha llegado el gas. Estamos vivas, Julieta. Desnúdate, quítate la ropa y vamos a bailar. Mira, yo ya estoy. Soy libre, Julieta. Libre para besarte. Libre para tocar mi cuerpo. Libre para cantar a gritos, para bailar, para mostrar toda mi piel. No llores, Julieta. Seguro que nunca habías hecho esto. Siempre haciéndote la liberada aunque en realidad nunca lo fuiste. Fingiendo ser como ellos. Aparentando siempre, como que no te dolió que yo me quedara con él. Ya no tienen sentido las mentiras, no juguemos más porque esto se acaba y me quiero ir en paz. Yo lo sabía, Julieta. Sabía que mi hijo y el tuyo, de haber logrado sobrevivir uno y ser concebido el otro, hubiesen sido hermanos; que tus viajes no eran más que estancias en la cama para recuperarte de la última paliza por pedirle que me dejara; que además de ti y de mí, había muchas más. Tienes que aguantar, me decía mi madre. Aguanta porque, en casa, la señora eres tú. Y eso fui. La señora, la amiga, la hija. No me mires así porque ya no tiene sentido. Ni siquiera lloré, ¿sabes? Igual al principio, cuando me mentías a la cara y me traicionabas por la espalda, pero después no, después incluso le decía que se echara desodorante si sospechaba que se iba contigo porque sabía cuánto te molestaban los malos olores. Tiene gracia que vayamos a morir por uno. Muertas por un mal olor. Qué poco glamour, Julieta, qué poquita clase está teniendo este fin del mundo.
Y ahora te ríes. Te hablo de malos olores y abro la caja de Pandora de tu risa. Tu risa. No puedo soportar que se apague para siempre, Julieta. Huye, corre, vamos, vete, sálvate. En algún lugar tiene que haber un cohete a la luna, un bunker antibombas, algún lugar donde puedan nombrar esa risa Patrimonio del Universo y que dure por siempre. No puedo respirar, la pena por saberte muerta me ahoga. Tú ríes nerviosa. Yo te miro angustiada por primera vez desde que supe la maldita noticia. Y de repente descubro que lo único que quiero hacer antes de morir es abrazarte y que me abraces. No quiero un final apoteósico, Julieta; no quiero tachar frases de una lista dramática; no quiero unirme a la orgía espontanea que recorre la parte del mundo que queda viva a estas horas.


            Ven.


Vamos a tumbarnos.


            Apaga la luz. Calla Julieta. Calla, calla, Julieta. No, no lo llamaré, Julieta. Olvídalo. Ya no nos hará más daño jamás. Ven. ¿Adónde vas? Julieta.
Julieta.


            Vuelves con las manos ensangrentadas y tu sonrisa en la cara.


—Esto es lo que había en mi lista. No llores; mañana estaría muerto de todas maneras.




Bego Guerrero.


Julieta y el fin del mundo. El día antes del fin del mundo. Editado por StreetLib. Madrid, 2018. ISBN 9788829562459.


martes, 11 de junio de 2019

La influencer.


—Bueno, bueno, cómo me he despertado esta mañana, Querido.

Querido esboza sonrisa y arquea ceja.

—Quiero ser una influencer.

Querido muestra un semblante somnoliento y de absoluto desconocimiento ante semejante neologismo lingüístico.

Influencer, Querido. Como las Kardashian.

No hay rastro de vida humana en la expresión de sus ojos.

—Chiara Ferragni.

Nada, ni pestañea. Comienza a roncar con los ojos abiertos.

—¿Recuerdas que cuando se casó tu hermano, tu madre se compró un vestido del que se había enamorado al vérselo puesto a una famosa?

—Sí, sí, a la Preysler. El mismo era. Comprado en la Calle Cuna un veinte de julio a las cinco de la tarde. Por lo que sudó aquel día, entró perfectamente en una talla menos.

Todo esto lo dice casi sin mover los labios, la mirada perdida, los párpados a media asta.

—La Preysler, Querido. La primera influencer de la Historia de la Humanidad.

—Estoy muy orgulloso de ti, cariño, lo vas a hacer muy bien, buenas noches, te quiero, hasta mañana, shhhh…

¿¿¡¡¡Cómo que hasta mañana!!!?? ¡Son ya casi las ocho y ahí fuera han colgado un sol radiante! Me tiro de la cama para prepararme un desayuno healthy de real food a tope de vitaminas, hacerle su foto y colgarlo en la cuenta que me acabo de abrir en Instagram, pero compruebo desolada que en casa solo quedan magdalenas de la Bella Easo y tres donetes tigre. Ni una manzana para darle un buen bocado con su piel incluída aunque yo siempre la pelo. Ni un poquito de chía para hacerme un buen porrigde aunque desconozca por completo la manera de prepararlo. Ni unas hojas de espinaca para mezclarlas con zanahorias baby y arreglarme un desayuno sano y nutritivo.

Me como los donetes tigre mientras miro con especial atención los vídeos que ya ha colgado una influencer de la maternidad llamada @mamaborregadecuatroborregos y caigo en la cuenta de que no he ido a ver si las herederas seguían en sus camas o se habían caído descalabradas en su primera noche sin barreras. Hemos decidido quitárselas porque de seguir así, las veíamos yéndose de Erasmus con las barreras en las maletas, o disfrutando de su Interrail con la mochila a la espalda y la bolsa con la barrera en la mano.

—¡Venga, soltad la barrera! ¡Con ellas no lograréis subir a este tren en marcha que nos llevará a conocer rincones mágicos y desconocidos! — les gritarían sus amigos, tendíendoles las manos para que, asiéndolas con fuerza, lograran subir al tren de la aventura.

—¡No podemos! ¡Nuestra madre dice que nos caeremos de la cama y que en el suelo no habrá suelo, sino un agujero negro por donde desaparecen los niños que se caen de la cama porque sus padres no les pusieron barrera!

—¡Tenéis cuarenta y dos años!¡Ya no cabéis por el agujero!¡Subid! ¡Cortad el cordón!

He borrado el anuncio de la venta de las barreras en Wallapop. No estoy preparada.

Imagino, por la ausencia de ruido nocturno, que estarán bien. Sí, ¿no? ¿Verdad? Venga, a quién quiero engañar. Me asomo a la habitación y las veo dormir plácidamente en cómodas posiciones de funambulistas circenses. Les hago una foto por si decido convertirme en influencer maternal, ya que aún no tengo muy claro en qué campo concreto quiero convertirme en una estrella.

@mamaborregadecuatroborregos ya lleva una hora en pie. Ha ido a correr siete kilómetros mientras su marido borrego colechaba en su cama gigante con los cuatro borregos. Ha vuelto y, después de hacer su media hora de hipopresivos, ha preparado un desayuno a base de batidos brotes de soja, algas wakame y boniato seco que las herederas me hubieran tirado a la cara mentalmente, claro, porque mis niñas no son de tirar cosas a la cara de su madre en directo.

Cuando los cuatro borregos se han levantado, papá borrego los ha vestido a todos iguales y los ha colocado en un sofá ideal y blanco impoluto para hacerles una foto preciosa. Yo estas fotos tampoco me las puedo permitir porque mi sofá, más que impoluto, es como el vestido de novia de Angelina Jolie cuando se casó con Brad Pitt, decorado por sus hijos con amor y cariño. Mi sofá es igual, pero con saña. Le hago una foto al sofá por si finalmente me convierto en influencer de personas con síndrome de Diógenes, ya que últimamente guardamos en casa hasta las tapas de los yogures.

@mamaborregadecuatroborregos ha colgado además dos tutoriales para explicar cómo acudir perfectamente maquillada a la feria tanto si vas de día, como si vas de noche. Tomo notas mientras los visualizo porque yo me pongo mi eyeliner tanto si voy a ir a cenar al Abades Triana como si tengo que comprar medio kilo de boquerones debajo de casa. Y no. Mal. Es un despropósito total. Le he enviado un comentario con muchos corazoncitos a @mamaborregadecuatroborregos dándole las gracias por el servicio público que hace y me ha contestado con un emoticono de ojitos de corazón. Bueno, se me han saltado las lágrimas y todo. Después de correr, de realizar sus hipopresivos, preparar los batidos de alfalfa para un regimiento, maquillarse para ir a la feria por el día y maquillarse para ir a la feria por la noche, tiene tiempo de contestar a una persona de a pie como yo.

Le pongo corazoncitos en todas sus fotos como muestra de agradecimiento. Descubro comidas preparadas como para que le pase revista la mismísima Reina de Inglaterra; habitaciones perfectamente decoradas, recogidas y ordenadas; viajes a playas paradisiacas; viajes culturales con cuatro niños aprendiendo Historia in situ; bolsos muy caros; zapatos muy caros; cremas muy caras.

—Querido, vamos a hacer la compra que con lo que hay en la nevera no puedo ser influencer de nada.

—¿Y con lo que tienes en el armario?

—Buena idea; pasaremos primero por el centro comercial que tengo que agenciarme unos básicos de temporada y algún must de capricho para el summer.

—¿Pero qué dices, cariño?

—Yo qué sé, Querido. Que quiero ser como la borrega y me he enajenado temporal y transitoriamente.

Con el fin de no obsesionarme con lo de ser la madre perfecta, he visitado otras páginas con muchos seguidores para estudiar el fenómeno influencer. Así, si finalmente no me convierto en una de ellas, tendré la información suficiente como para escribir un artículo de investigación de tal envergadura y calado social, que cruce mares y océanos y me traiga un Pulitzer bajo el brazo cuando vuelva a casa.

Debería hacerme mirar esta obsesión mía por los premios.

Descubro influencers del deporte. Lo descarto por mi escasa capacidad pulmonar y mi incapacidad para caminar con deportivas.

Descubro influencers de la moda. Lo descarto por mi famélico armario. Tres vestidos, dos pantalones y un bolso no dan para influenciar a la gente con muchos lookazos.

Descubro influencers de la comida. No lo descarto en un primer momento pero sí en un segundo. A ver, un día, una se luce, pero los macarrones con tomate y las lentejas con chorizo no tienen mucha salida comparados con los platos del Comidista y compañía.

Descubro influencers de la fotografía. Lo descarto porque odio las fotografías y además siempre las hago torcidas, desenfocadas y no sé abrir ni cerrar objetivo ninguno.

Descubro influencers famosas o hijas de. Lo descarto de momento.

Descubro a la heredera mayor mirándome mientras escribo este artículo. Me mira en silencio porque sabe que cuando mamá trabaja, las musas de la inspiración pueden asustarse y salir volando si se la interrumpe.  Detengo mis manos sobre el teclado y le devuelvo la mirada. Tiene mi sonrisa, y mi forma de colocarse el flequillo. Quiere aprender a cocinar como mamá. Le gusta ponerse mi ropa y observarme cuando me maquillo.

Y entonces descubro que ya soy una influencer, una Kardashian en esta casa. Y que tengo tres seguidoras que nunca jamás dejarán de seguirme, aunque el sofá tenga pinturas rupestres o solo haya donetes para desayunar.  




viernes, 10 de mayo de 2019

LA CHISPA DEL AMOR.


   Si me conocieras en persona (sí, así soy yo; un ser de carne y hueso que aunque pudiera parecer a priori inalcanzable, sigue manteniendo los pies en la tierra a pesar del éxito, porque eso es lo que hacemos los artistas de verdad como Bustamante o yo), sabrías que soy la mujer menos romántica sobre la faz de la tierra en la que tengo los pies.

    Y tú dirás, pero ¿cómo es posible, si eres la redactora estrella de un consultorio sentimental al que acuden miles de almas desconsoladas en busca de tu consuelo? Cómo, si eres el faro que guía a la barca perdida en el Mar del Amor cuando su estrella se ha apagado, dejándolo a la deriva, perdida, sin rumbo y en el lodo… Si eres la diosa Venus del sur, velando siempre por los intereses del verdadero amor desde tu concha de vieira gigante… Si eres la Wonder Woman del Universo Love luchando día a día para que los encuentros venzan a los desencuentros… Si eres la Norma Duval del Partido del Corazón de Purpurina.

   Si eres Cupido reencarnado en mujer.

   Si eres la Bego de su rincón.

   La respuesta es muy sencilla: finjo. Soy una impostora del romanticismo. La Milli Vanilli de las relaciones. Una mercenaria de Interflora; asalariada de joyeros del barrio; vendida al Moët & Chandom Rosé.

   Para compensar la falta de romanticismo, me defino como una persona bastante dramática, muy dada a la exageración, al uso de la paráfrasis y las descripciones innecesarias que no hacen otra cosa que ornamentar mi discurso para darle cierta profundidad. Dicho de otro modo, soy un poquito intensa. En todo. Podría haberme ceñido a dar la información objetiva de mi carencia de sentido romántico y haber terminado ahí, pero a mi lado intenso le parecía que había que otorgar una vuelta de tuerca innecesaria a lo Risto Mejide y seguro que a esta hora tengo a la mitad de mi club de fans sin hacer sus deberes, intrigados perdidos, buscando por la red quien fue el tal Milli Vanilli que me representa.

   Pero a pesar de no ser nada romántica, me considero una persona muy preocupada por mantener mi relación amorosa en su más alta cota de felicidad y bienestar mutuo. Dicho en otras palabras, y cito textualmente palabras de Querido, soy… “la cansina de la chispa”.

   Y es que es tan importante mantener viva la chispa de la relación. La llama encendida. El ascua en la sardina.

   De manera que cuando me percato de que la cosa decae porque no nos lanzamos miradas cómplices y picaronas en la puerta del cole o en la cola del Mercadona, le digo a Querido:

—Cari, la chispa.

   Él ya sabe que esas tres palabras junto con el codazo en el hígado que lo acompaña, viene a ser como la batseñal brillando en el estrellado cielo de Gotham: Robin, vete sacando el batmóvil a pasear que hay una emergencia.

   Y ahora, claro, vienen los problemas. Porque cuando tu pareja se empeña en vivir con una mariposa eterna en el estómago pero no permite alimentarla con flores ni poemas de amor, ¿de dónde sacas la gasolina para el batmóvil?

   Querido siempre ha sido un hombre de recursos, de modo que al principio se las ingeniaba tirando de conversaciones eternas sobre nosotros y vinos de reserva, acompañándolas siempre con su exquisito sentido del humor. Pero llega un momento en el que el misterio se esfuma porque prácticamente conozco hasta el orden en el que su madre le introdujo los alimentos cuando comenzó con la alimentación complementaria. Nos conocemos tanto que puedo adelantarme mentalmente al chiste que hará cuando viajemos en el coche y una de las herederas libere gases vía rectal y todos se rían proclamando a voces su inocencia en tan flagrante delito…

   Los recursos han ido agotándose, algo completamente natural después de la llegada de las tres herederas y de Netflix, circunstancias ambas que dificultan una visión clara de la hoguera en la que habita la chispa de nuestra relación. Distraídos como estamos, es más complicado percatarnos de su estado: si mantiene las constantes mediante respiración asistida… o, lo que es aún peor, si ha subido al cielo de las chispas también llamado divorcio inminente (Imminent Divorce Heaven).

   Hasta que una noche pasó lo que tenía que pasar:

—Cari, la chispa— le dije mientras hundía mi codo entre sus costillas al percatarme de que llevaba diez días con el mismo pijama.

   Querido entonces entornó los ojos a lo oriental, frunció el ceño a lo Ana Pastor y empezó a sudar a lo Camacho. Sabía que cada vez el reto era mayor y que ambos lo teníamos cada vez más difícil para sorprendernos. Yo ya nos veía en el despacho de mi abogada diciéndole, con lágrimas en los ojos, que se nos había roto el amor de tanto usarlo, que no había terceras personas y que excepto el jarrón con las cenizas de la tía abuela Margarita y su casa de la playa, no quería nada más. La tensión era cada vez mayor, ambos nos mirábamos esperando que el otro encontrara la inyección de adrenalina que necesitaba ser clavada, como una estaca vital, en el corazón de nuestra moribunda chispita.

—¡Ya lo tengo! —grité saltando del sofá —¡Disfraces! —pero me arrepentí al instante al imaginarme como una Catwoman de Burgos.

—¿Puedo componerte un poema? — chilló Querido desesperado.

—¿Bromeas? ¡Podría ser el golpe letal a nuestra chispa! Vamos, vamos, vamos. Tiene que haber algo, tiene que haberlo…

   Ambos nos sentábamos y levantábamos del sofá con nuevas ideas a cada cual más peregrina. Eran tales los nervios, que parecíamos concursantes de Masterchef con el plato sin montar y con Jordi Cruz en la nuca gritando que en un minuto tendrían que salir doscientas raciones para un grupo de ultras muy hambriento.

   Y entonces se le ocurrió. Querido, mi Mcguiver del amor, me tomó de las manos y me dijo:

—Cari, haz una lista.

—¿Perdona? ¿Ahora? ¿De la compra?

—Una lista con ideas para mí. Una lista donde me digas muy claro que cenar en DiverXo una vez cada diez años o pedir pizza todos los primeros domingos de cada mes, alimenta a la mariposa que vive en ti. Ilumíname. Muéstrame la delgada línea roja que separa el cursi romanticismo de un buen festín de adrenalina para nuestra chispa matrimonial.

   Aquella noche no pudimos dormir. Como poseídos por la mariposa gigante del amor, escribimos folios y folios con nuevas ideas con las que sorprendernos el uno al otro cada vez que los años, las herederas o los aparatos tecnológicos, quisieran hacernos creer que el amor no todo lo puede.

   Y aquello fue lo más romántico que pudo pasarme jamás.



martes, 16 de abril de 2019

Atleta por sorpresa.


La otra mañana, en una entrevista que me realicé yo misma al salir de la ducha, frente al espejo y sujetando el bote de crema de las herederas simulando un reluciente Premio Planeta 2025, me mentí como una bellaca. Sé que dudas entre si la tristeza que te produce imaginarme autoentrevistándome es mayor que la que te genera el que me autoengañe en mis propias respuestas, pero yo te sacaré de dudas en un par de nanosegundos: lo más triste es que piense que hasta 2025 tengo tiempo de escribir algo digno de un Premio Planeta. La mezcla de tanta tristeza, claro está, es como para arroparme con una mantita y darme cariño y helado de chocolate durante un mes.

Digo que me mentí. Mentir está feo pero dice poco de tu capacidad neuronal si además te mientes a ti misma como si no fueses a enterarte nunca de la verdad. Una cosa es tener dos hemisferios y otra muy distinta es pensar que no se hablan como dos vecinas peleadas. Están conectados, sorpresa.

—Y ahora que por fin ha conseguido su sueño y Bradley Cooper le ha entregado el Premio Planeta dotado con un millón de euros y una proposición de relación estable que usted ha rechazado por amor a su Querido, ¿en qué piensa invertir las dos horas semanales que le dejan libre sus tres herederas?

—Verá, apreciada Ana Pastor, después de haber pasado tantos meses frente al ordenador, tecleando palabras en el silencio de la noche mientras mi familia dormía a pierna suelta…

—Esa no es la cuestión, Señora Bego. Céntrese por favor en la pregunta que acabo de formularle o tiro de hemeroteca. Dígame, ¿en qué piensa invertir su tiempo libre ahora?

—Voy a hacerme runner.

Bueno, a punto estuve de caerme para atrás del ataque de risa que me produje y no me di con el bidé en la nuca de milagro, con lo mortal que es. Runner dije. Yo, que tengo el mismo número de prendas deportivas en mi armario que Falete; yo, que fingía dolores menstruales desde los siete años para no tener que correr las tres vueltas al patio; yo, que he somatizado mi fobia a los deportes desarrollando una alergia a mi propio sudor, gracias a la cual me he librado de asistir a educación física desde que la Naturaleza activara las glándulas sudoríparas de mi cuerpo a la vez que desarrollaba curvas y daba libertad al pavo. Yo, te amo tanto, yo te amo tanto, yo, que juré no volver a correr en mi vida, así pusiera Jimmy Choo los zapatos a tres euros para las diez clientas más rápidas en ponerse a la cola. Yo, esa yo, dijo que se iba a hacer runner.  

Frente al espejo.

Con la toalla enrollada en el pelo, creyéndome Carrie Bradshaw en Abu Dhabi aunque en realidad  guardase un mayor parecido con el sultán otomano Solimán el Magnífico. ¿Pero a quién le importaba? ¡Acababa de ganar un Premio Planeta! A veces me exijo tanto…

Runner, dije.

Y me lo creí, aún siendo mentira

—Cari, me voy a comprar unas mallas y unas deportivas bien de colores flúor y rayas psicodélicas que luego saldré a correr un rato.

A punto estuvo de caerse para atrás y darse con la bañera en la nuca, con lo mortal que ya sabéis que es. La verdad es que poco se habla de la peligrosidad que entraña el cuarto de baño en una casa. Yo he ampliado la cobertura de mi seguro médico desde que vivimos en una casa con tres cuartos de baño y las herederas tienen prohibido el paso si no es acompañados de un adulto. Creo que están fabricándose salvoconductos con washi tapes de colores y mucha purpu para emergencias. Son unas artistas hasta en momentos de represión. O quizás por eso, como los grandes.

Y como no me gustan nada, pero que nada de nada las mentiras, decidí ser consecuente con mis propias palabras e intentar convertirme en una persona deportista por primera vez en la vida. Para ello me entretuve dos horas y cuarto en visionar los directos de Paula Echeverría entrenando para estar al día en cuanto a tendencias deportivas, y luego conduje hasta el  Alcampo a comprarme unas mallas negras que son las únicas que me favorecen económicamente.

Y ya estaba preparada para runnear: mallas negras, camiseta de Querido negra y bien grande, cintillo en la frente y mis Reebok blancas impolutas. Las compré en 1999 para cuando surgiera una oportunidad de ir a pasar un día al campo o hacer algo de deporte. Sin estrenar estaban.  

—¿Mami por qué no me has avisado? — heredera mediana mirándome de arriba abajo con el entrecejo fruncido. —¿Vamos a jugar a los disfraces?

—Acabo de desheredarte, que lo sepas.

Salí de casa dispuesta a hacer mis estiramientos pero luego pensé que no tenía muy claro qué es lo que debía estirar ni cómo, así que me dispuse a iniciar la marcha directamente  y despacito.

Pero me entró sed. ¿Y ahora? Desde luego no pensaba volver a entrar en casa donde había dejado a Querido con lágrimas en los ojos diciendo no sé qué de Eva Nasarre y su despertar sexual y a las herederas intentando hacer el pino puente sin sus cascos ni protección de ningún tipo, de modo que entré en el súper de al lado de casa a comprar mi bebida isotónica, puesto que ahora era deportista y necesitaba reponer minerales.

Pero no llevaba dinero. ¿Y ahora? No podía creer que me hubiera olvidado del complemento más importante de todos los tiempos: una riñonera. Gracias al cielo, tenía la mía bien guardada en mi caja de recuerdos inútiles que nunca miro: entradas de cine ilegibles, mecheros sin gas, fotos de alguna amiga con la que ya ni hablo en su periplo bebé… y la riñonera. Contaba ya algunos años, la verdad; podría pertenecer a la generación del 89 perfectamente. Hasta su pin de Curro brillante permanecía guardado en uno de sus múltiples y útiles bolsillitos. De modo que tuve que volver a subir a casa a replantearme una salida mejor equipada. Lo haría en modo ninja, sin hacer ruido. Silenciosa como una pluma, ágil como una…

Pero no llevaba llaves. ¿Y ahora?

Me quedé sentada en el portal el tiempo que me pareció razonable para no levantar sospechas teniendo en cuenta que era mi primera salida y que no llevaba móvil. Después realicé cuatro saltos y una carrera de unos veinte metros hasta la esquina. No contenta con eso, los veinte metros de vuelta, también los recorrí corriendo. Hubiera pedido un ventolín para mí sola, una bombona de oxígeno o incluso una ambulancia medicalizada, pero en lugar de eso me puse en pie de otro salto, me mareé, se senté de nuevo y así, en una postura algo más cómoda, me prometí a mí misma volver a intentarlo al día siguiente.

Porque al fin y al cabo lo importante es no rendirse, es luchar por salir de tu zona de confort, es no mentirte en tus diálogos imaginarios poniéndote metas que no podrás cumplir. Lo importante es ser realista y concederte entrevistas que no disten años luz de lo que pudiera ser posible algún día.

Por cierto, hoy las herederas me han fabricado unas uñas de plastilina kilométricas. Voy a ducharme con ellas a ver si recojo un Grammy. Tra tra.

martes, 12 de marzo de 2019

CUMPLEAÑERA FELIZ



Tal vez por ese puntito egocéntrico que Dior me ha dado, siempre he sido una fan total de celebrar mi cumpleaños.

Mi primer cumpleaños ya me lo tomé muy en serio y al ver que mi madre ignoraba mis deseos de preparar una decoración bicolor en rosa y dorado, me dediqué a pinchar todos los globos que encontraba de distintos colores a los seleccionados por la homenajeada, o sea, yo. La artista indiscutible. La única. La auténtica… ¡La cumpleañera!

Luego fui empeorando con los años hasta llegar al día de hoy en el que me he convertido en una persona capaz de negarte el saludo si no me felicitas un cumpleaños. Esa soy yo, egocéntrica y rencorosa. Un regalo.

Y para que eso no ocurra, para que nadie se olvide de un día tan señalado en mi calendario, voy lanzando indirectas con antelación suficiente.

—Querido.

—Dime Querida.

—¿Has visto cuando caducan los yogures?

—Recuerda que mis rayos de visión capaz de atravesar paredes y puertas de frigoríficos no funcionan si estoy en el baño, querida. ¿Tengo que salir a comérmelos todos antes de que exploten o pueden esperar un momento?

—Como siguas tardando se nos va a caducar hasta el agua del grifo, Querido— le dije desde el cariño. —Por cierto, caducan dentro de un mes justo —añadí entre risas y haciendo hincapié en el justo, ya que coincidía justamente con el día de mi cumpleaños.

—Entonces podré estar un ratito más aquí sentado sin temor a que se echen a perder.

Alcé mi puño al cielo, agitándolo con vehemencia como si de un dibujito animado cabreado me tratase, y me dispuse a idear mi nueva indirecta para lanzársela en cuanto saliera del baño. Me dio tiempo a idear cuatro y a cuajar una tortilla de patatas para la cena. También pude ver las dos primeras temporadas de Juego de Tronos para poder tener conversación en algunos eventos sociales y a ponerme al día en las conversaciones de Whatsapp de los grupos del cole.

Por fin salió, con una pierna dormida que habría que amputar seguramente para evitar el terrible dolor que originaba tales alaridos y muecas de daño infinito.

—Querida.

—Dime Querido —contesté segura de que la indirecta ya estaba captada, el pájaro en el nido, la gallina en el corral, todo el pescado vendido.

—Tengo que comer más kiwis.

Y luego se sorprenden de que cada día haya más divorcios.

Además de la fecha, el otro tema importante en cada cumpleaños es el regalo. Mi tesoro. Disfruto tanto abriendo bolsas, rasgando papeles decorados y abriendo cajas primorosamente preparadas, que el día de Reyes tengo que tomarme un trankimazín para no levantarme la primera y chafarles la sorpresa a todos.

Puedes creerme cuando digo que lo importante es que vengas tú, que verte junto a mí en un día tan señalado me hace feliz y me llena de orgullo y satisfacción. Lo importante es que vengas tú y que traigas en la mano una bolsa de Dolores Promesas, por supuesto que sí, puedes creerme, con la mano en el corazón te lo digo.

A menos que seas una de mis hijas en cuyo caso la bolsa de Dolores Promesas se te convalida por el dibujo de una señora muy grande ocupando todo el papel con un vestido gigante lleno de corazones.

—Querido.

—Dime Querida.

Tenemos que cambiar esta manera de llamarnos. No sé que vamos a dejar para cuando seamos dos adorables ancianitos de noventa años.

—¿Has visto la nueva tienda de decoración de la esquina? Tiene las lámparas de Poulsen a mitad de precio ¿te lo puedes creer?

—¿Estamos locos? ¿A mitad de precio? ¿Cómo voy a creérmelo así, de golpe y porrazo, sin una foto ni un enlace de Facebook corroborándolo ni nada?

Igual en el momento no es consciente pero el objetivo está fijado, el mochuelo en su olivo, el ratón en su madriguera.

—Hay que ver lo desangelado que tenemos este rincón. Vendría tan bien una lámpara…

—Presiona aquí, Querido. Justo donde pone ¨PULSEN”…

—Espérame en la esquina cinco minutos junto a la tienda de decoración y nos tomamos una cerveza antes de subir a casa.

Esa soy yo, la reina de los mensajes subliminales.

Normalmente lo dejará para el último momento y de su mente surgirá la idea. Él se mostrará orgulloso y yo podré al fin tener la lámpara de mis sueños. Todos contentos.

Menos este año. Este año me ha captado al vuelo.

—Querido.

—Dime Cuqui.

—¿Cuqui?

—¿No querías un apelativo más jovial? Pues Cuqui. Bien jovial que es.

—La expresión “bien jovial que es” invalida cualquier atisbo de jovialidad que pudiera desprenderse de tu apelativo, Querido.

—Dime mi eterna, por siempre y siempre jamás Querida.

—¿Has visto cuando caducan los yogures?

—¿Cuáles?

—¿Cómo que cuáles?

—¿Los de sabores que toman las niñas, los ecológicos que compras por si vienen tus amigas o los de vasito de cristal que pones delante por si la que viene es la Princesa Leonor a jugar a casa?

—Sabores.

—No.

—¿Puedes mirarlo?

—Estaba pensando en ir al baño ahora, Querida jovialmente hablando.

A la mierda.

—Caducan el día de mi cumpleaños y de regalo quiero ir de excursión por la calle Cuna. Pero en familia, como, a ti te gusta.

Querido me sonríe desde la puerta del baño antes de despedirse de nosotras durante cuatro horas o tal vez para siempre. A veces pienso que detrás del espejo hay un mecanismo que al accionarse mediante un código ultrasecreto, provoca la apertura de un pasadizo que conecta con una casa donde vive su otra familia. Y allí sí tiene perro y le toca sacarlo a pasear siempre. Eso lo explicaría todo ciertamente.

—Este año no, Querida. Este año voy a sorprenderte como nunca lo he hecho.

—¿Cómo cuando hiciste la morsa con dos palitos del japonés después de ver Algo pasa con Mary?

—Más aún.

—¿Cómo cuando me dijiste que tenías un pasado gótico porque te hiciste fan de Tim Burton?

—Más aún.

—¿Cómo el día que me llevaste a la Ópera de París después de regalarme un vestido de  Oscar de la Renta fucsia?

—Eso nunca ha pasado, Querida.

Ya lo sé, Querido, pero pasará.

Comienza la cuenta atrás: Operación subliminal 2019.

martes, 5 de febrero de 2019

Consejos vendo.



Como ya sabéis todos mis (innumerables, maravillosos y queridos) lectores, soy la responsable de contestar las cientos, miles, tal vez millones de cartas que llegan a la redacción suplicando unas palabras de esperanza, un consejo afortunado, un mensaje de aliento en el que encontrar respuesta a los problemas del día a día, de la vida, del amor. Soy la cara oculta de Pandora Encriptada, esa hechicera de los sentimientos que logra reconciliar parejas, encauzar amistades, arrancar sonrisas; todo ello desde un conocimiento profundo de la psique humana de las personas y un manejo nivel Dior de la empatía o, dicho de otro modo, de ponerme en la piel del otro.

Mi consultorio sentimental es un oasis para el que tiene sed; un Zara para el que camina desnudo; un Kebab abierto para el que vuelve a casa después de salir de marcha un sábado noche. Leo y contesto cada carta tal y como lo haría con mi mejor amigo, interiorizando el problema, visualizando una solución, transmitiéndosela con cariño y tacto. Todo muy Zen, muy relajado, muy positivo.

Por ejemplo, así, al azar, pongamos el caso de Turgalita Pérez (es un pseudónimo, Marga, nadie sabrá que eres tú).

“Querida Pandora Encriptada:

Déjame decirte, en primer lugar, que soy una ferviente admiradora de tu trabajo y de ti en concreto porque altruistamente (¿esto significa gratis?, ¿perdona?) prestas tu ayuda a los millones de personas (os lo avisé, eran millones) que como yo, acuden a ti en busca de la luz de un faro en alta mar una noche de tormenta en medio del Océano (Turgalita a veces se hace la picha un lío).

Ojalá algún día te den el Premio Nobel de la Paz y de Literatura, porque yo te daría los dos ya que eres una gran escritora que persigue el sueño de una sociedad mejor (¡¿Qué?! ¿No tiene uno Al Gore, con ese apellido que da tan mal rollo?)

Te escribo para pedirte consejo ya que me encuentro navegando en un mar de dudas y desconozco hacia donde he de virar el timón.

Verás, hace treinta años me casé en una encantadora calita ibicenca con el que hasta hace unos meses, pensé era el amor de mi vida. Ambos éramos dos hippies enamorados de la libertad y precisamente por amor, decidimos renunciar a ella uniéndonos para siempre en matrimonio.

Con los años fui acortando la melena y sentando la cabeza; tuvimos cinco hijos, un trabajo de ocho a ocho para mantenerlos, una hipoteca porque era lo que tocaba y un Volvo al cabo del tiempo porque era lo que correspondía a un puesto de mi categoría. Mateo daba clases de pintura y en los ratos libres, creaba obras de arte que luego exponía en alguna galería de la ciudad.

Éramos felices.

O eso pensaba.

Hace apenas unos meses que ha empezado a tener comportamientos extraños. Verás, se ha comprado una corbata y unos castellanos que finalmente ha devuelto porque no le cabía el pie, dado de sí como lo tiene del uso continuado de sandalias. Se ha cortado el pelo y afeitado la barba; se ha apuntado a un curso de contabilidad y al casting de Masterchef; mantiene conversaciones serias con nuestros hijos y no en modo compadre como ha hecho toda su vida. ¡Incluso se ha comprado un Iphone! ¡Él, que lleva con un Nokia desde que se lo metí en el bolsillo por si surgía alguna emergencia hace veinte años!

Mi amiga dice que es obvio que ha conocido a alguien (íntimamente quiere decir; conocer, conoce a mucha gente en general) y que además desea que lo sepa porque es imposible dejar tantas pistas si no tienes intención de ser descubierto.

¿Qué piensas tú? ¿Crees que debería contratar un detective o seguirlo yo que siempre resulta más económico? ¿Viro por avante y me fío de él ciegamente o viro por redondo y pongo a Colombo a trabajar?.

Confío totalmente en tu criterio.

Tuya siempre,

Turgalita marítima.”

Tú, querido lector, seguramente pensarás que la amiga tiene más razón que una santa y que todo apunta a una infidelidad nivel cantoso. Y puede que aciertes. Pero también puede que no y entonces emitas un mal consejo y propicies una ruptura injusta para esta historia de amor. ¿Complicado, verdad?

Observa a la maestra:

“Estimada Turgalita Marítima;

Permíteme en primer lugar agradecerte tus halagos que, si bien son de un calibre del todo desorbitado, no dejan de reflejar fielmente el cariño y la fe que me profesas. Por ello te doy las gracias y te comprendo.

Con respecto a tu marido déjame decirte que no debes guiarte por las apariencias y sí en cambio por el corazón. Mateo es la misma persona con y sin barba; en taparrabos o con corbata; con veinte años o con cincuenta. Mira dentro de él a través de sus ojos y pregúntale a su corazón qué busca mediante estos pequeños cambios sutiles en la vestimenta.  Igual tan solo ha alcanzado la madurez; ya sabes que los hombres tardan algo más en abandonar el estado de piterpanismo del que ya hemos hablado alguna que otra vez.

Alégrate por esas conversaciones serias, como tú las llamas, con vuestros hijos. Permíteme animar desde aquí a todos mis lectores a embarcarse en la complicada tarea de la educación calmada, respetuosa, tranquila. Vivimos en un mundo ruidoso y estresante que convierte en ruidosas y estresantes las conversaciones con los que más queremos: nuestros hijos. Calma, respeto, escucha activa. Ahí está la clave.

Ante todo coge aire, respira hondo diez veces al día para conectar con tu yo más profundo. Él es quien conoce de verdad a tu marido y no te engañará.

Pero si después de mirar dentro de él no encuentras respuesta, no te desesperes y hazlo dentro de su cartera. Te doy mi bendición para que lo hagas sin remordimientos, solo una vez y con cuidado.

Recuerda: la calma es fundamental para llegar a conectar tu yo más íntimo con su yo más íntimo. Ellos sabrán decirse la verdad.

Abrazo de ayurveda.

Pandora Encriptada.”

Todo  es calma y paz en el mundo Pandora.

Hasta que llego a casa y la escena con la que me encuentro es más o menos esta:

Herderas peleando en un combate a muerte por un motivo cualquiera que han olvidado hace media hora. Querido intentando que se pidan perdón por las buenas como yo les he enseñado.

—Venga chicas, respirad hondo. Mirad dentro de vosotras a ver si encontráis el motivo de los coj… Mirad a vuestro yo interior que me estoy cabreando. Mirad a vuestro yo interior a la de una. Mirad a vuestro yo interior a la de dos. Dos y medio…

—¡Mamiiiiiiiiiiiiiiii, mira lo que me ha hecho!

—¡Y mira lo que me ha hecho a mí!

Uy, aquí huele a caca. Heredera pequeña camina a lo vaquero del desierto arrastrando un pañal con el preciado botín.

—Y a la de tres ¡Se acabó! A vuestro cuarto.

—¡Mami a que vosotros no creéis en los castigos? ¿A que no?

Mami respira, invoca a Pandora, a la ayurveda, al Pájaro Espino, pero es inútil y también me uno a las discusiones, al enfado generalizado, a soltar adrenalina en familia que es como hay que hacerlo.  A mí el relax me desespera; tanto es así que cada vez que voy a un spa me entran ganas de coger el bote de crema de las manos de la masajista y dármela yo en un momentito. Mira, así, plas, plas y ya está. Mis allegados han optado por no regalarme este tipo de experiencias relajantes por motivos obvios.

A veces pienso que a base de repartir relax y calma por el mundo, voy a ser la única loca de los trapos que quede por ahí desesperándose por cualquier cosa. Bueno, y Querido, que siempre me acompaña.

domingo, 20 de enero de 2019

LA MUDANZA


En esta vida todos tenemos un vicio que nos pierde, algo con lo que experimentamos placer y culpabilidad a partes iguales. Yo tengo varios, aunque sin duda lo que me tiene más enganchada es mi adicción a las mudanzas.

La parte mala es que puede afectar a la salud con un posible lumbago o algún dedo del pie roto al chocar fortuitamente con las ciento diecisiete cajas que posiblemente anden repartidas por toda la casa.

La parte buena, el resto.

Todo comienza un día cualquiera en el que encuentro una excusa para buscar una nueva casa: tardo mucho en llegar al trabajo, el colegio está muy lejos, no tengo una buena carnicería cerca, no se parece en nada a la casa de Paula Echevarría, no sé, lo típico. Entonces, sin querer, empiezo a mirar mal a mi propio hogar, a encontrarle defectos, a mirar a escondidas páginas de casas con fotos. Al principio lo voy controlando; apenas una miradita rápida mientras me tomo el café por la mañana… pero después paso más y más tiempo deseando casas ajenas.

Hasta que al final, tanto va el cántaro a la fuente, que se rompe por narices. Y la veo. Y la encuentro. Y me veo sentada leyendo en ese rincón tan acogedor; a las herederas correteando por sus pasillos; a Querido colgando cortinas nuevas por toda la casa.

Es el momento insuperable de toda mudanza. El clímax inmobiliario total.

Y a partir de aquí, ya voy trabajando por objetivos:

Objetivo Primero: Yo lo llamo el CNM, que no es otra cosa que Crear Necesidad de Mudanza.

Procedo primero con las Herederas porque ellas poseen el gen materno del gusto por la novedad y porque, para qué engañarnos, soy la más lista de las cuatro, así que lo tengo fácil.

—Chicas ¿qué os parecería vivir cerca de una buena carnicería y poder comer salchichitas al vino cuando nos apeteciese? — venga, va, tira a puerta que no hay portero.

—¿Pero siempre, siempre, mami? ¿Incluso dos días seguidos para comer? —la cara de asombro es para grabarla en blu ray.

—Incluso, queridas hijjitas mías. Incluso.

—Promételo mami —dicen, con sus ojillos chispeantes y sus dedos meñiques semiarqueados para unirlos como símbolo de promesa inquebrantable.

Lo prometo, claro. Ya tengo la comida de dos días y la primera fase del CNM solucionados de un golpe. Tengo un cerebro que no me lo merezco, la verdad.

La segunda parte del objetivo primero es bastante más sutil, sobre todo porque Querido después de cada mudanza hace la promesa de aquella ha sido la última, que no vuelve a deshacer una caja ni a colgar una lámpara más, de modo que tengo que agudizar el ingenio para convencer al ingeniero (ji, ji, ji, ¡qué cerebro tengo, qué cerebro!)

—Cari, no sabes qué chuletón de buey he comprado en la carnicería hoy. Qué lastima que esté tan lejos y que no puedas volver a comerlo hasta dentro de dos meses.

—Cari, tienes que volver al gimnasio. Casualmente han abierto uno cerca de La Carnicería estupendo. Te ponen las temporadas de Juego de Tronos mientras haces spinning y las de Vikingos mientras haces pesas, para motivar y tal. La gente sale de allí que parece que vayan a recoger un Oscar.

—Cari, tengo que quedarme con la mitad de tu armario porque no tengo sitio en el mío.

—Cari, tienes que matar siete cucarachas y dos alicuéncanos que he visto esta mañana en el baño.

—Cari, el nuevo vecino de arriba es bailaor profesional y ensaya en casa.

Y mientras paseamos una deliciosa tarde de abril cogidos de la mano por el centro de la ciudad, sale a nuestro encuentro el anuncio inmobiliario de nuestro futuro hogar.

—Anda Cari, mira qué mono. Y con La Carnicería a un paso. Y el Gimnasio de los Vikingos. Y es un ático sin vecinos bailaores encima.

Entonces Querido mira el anuncio. El anuncio hace como si no se diera cuenta y permanece quieto y erguido como la gente cuando se pesa en la farmacia. En el ambiente se respira adrenalina, emoción, nervios. Querido cuenta mentalmente el número de ventanas de la casa para hacerse una idea general del tiempo que invertirá en colgar cortinas esta vez.

Entonces me mira y contengo la respiración.

—¿Cuánto pedirán?

Objetivo primero completado. Fin de la primera fase.

El objetivo segundo consiste en ponderar las virtudes de la futurible vivienda en detrimento de la actual. Yo lo llamo SAI, que no es otra cosa que el Síndrome de Alienación Inmobiliario.

—Qué maravilla eso de vivir en el centro y no tener que coger coche cada vez que quieres salir a cenar y tomarte una copa, no como aquí, que encima nos dejamos un dineral en taxi como nos tomemos un pacharán después de la comida ¿verdad, Cari?

—Las cucarachas han vuelto y están jugando a las casitas en la habitación de las niñas, Cari. A tres ya les he puesto nombre porque han tirado el pañal de la heredera menor a la basura y  me ha enternecido el gesto. Esto en un ático no te pasa porque a una planta tan alta, todo cuesta arriba, ellas no suben. Eso pasa en los bajos como este ¿verdad? —aquí le lanzo la pregunta para hacerlo partícipe del problema y para darle un motivo a las niñas para preguntarle a Siri, que lo disfrutan mucho.

—¿Siri, las cucarachas suben a los áticos?

—Disculpe pero no le he entendido. Quizás quiso decir “Las ventajas de vivir en los áticos”?

Todos reímos. Objetivo segundo completado. Fin de la segunda fase.

Y por último, llegamos al Objetivo tercero también llamado VFC, que también significa Vamos a Firmar el Contrato. Es una fase muy corta porque comienza cuando pregunto el precio de mi futuro hogar y termina tres horas más tarde cuando firmamos el contrato, todo ello después de visitar la casa, apuntar los puntos débiles, negociar el precio atendiendo a los puntos débiles y de arreglarnos todos como si fuésemos a misa.

Lo que viene después, os lo podéis imaginar: cajas, más cajas, esto lo tiro, no lo tires mamá por lo que más quieras, si con esto no juegas, cómo que no si es mi juguete favorito, no te lo crees ni tú, pues ya no me mudo, pues aquí te quedas, es que yo estoy in love con esta casa, mami… y a reírnos. Somos así, muy de comedia dramática con giros inesperados.

Lo que viene después, os lo podéis imaginar, pero mejor os lo cuento otro día.

FAN para todos o, lo que es lo mismo, Feliz Año Nuevo.