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jueves, 6 de octubre de 2016

Lady Mermelada

   
Resulta que mi jefe me ha vuelto a ascender. A él le gusta llamarlo así: ascenso. Yo lo llamo cargarme de trabajo pagándome un sueldo miserable con el que nunca podré comprarme unas Jimmy Choo de temporada. Tal vez dentro de veinte años, cuando las herederas se independicen... no sé, no sé; igual es ser demasiado optimista. Pongamos treinta y cinco. Y seis. Realmente ya no tendrá importancia porque para entonces, Jimmy  estará calzando a afortunadas angelitas en el Reino de los Cielos.
Mi ascenso ha consistido en nombrarme directora de contenidos nutricionales y dietéticos. A mí, que me he criado a base de bollicaos y tigretones. A mí, qué hasta hace un par de horas desconocía la existencia de la leche de alpiste. A mí, que hasta hace poco menos de dos horas  ignoraba por completo que el destino de dicho producto no era la alimentación de canarios bebés huerfanitos. A mí, que me he quedado muerta cuando he comprendido al fin que es una bebida (y por lo visto muy sana) para que la deguste una persona normal como tú y como yo, independientemente de si es gavilán o paloma.
— Pero vamos a ver ¿dónde está el drama?— me preguntó mi jefe sin levantar la mirada de la contraportada del Marca.
— ¿Me ves? ¿Puedes verme ahora? — contesté entre sollozos (malditas hormonas de la segunda mitad del embarazo).
Levantó la vista con cierta dificultad, debido al parecer a que el artículo que le mantenía con las lentillas pegadas al periódico venía bastante interesante o la muchachita bastante potente. Finalmente lo consiguió, me miró de arriba a abajo y contestó sin mucho entusiasmo:
— Como para no verte ¿cuánto has engordado ya?
— Tres kilos exactamente.  Te gustará saber, sin coste adicional alguno, que para encontrarme en la semana veinticuatro de gestación, no está nada mal. ¿Algo más? ¿Ves algo más?
—  ¿Qué quieres que te diga? Oh,  sí, veo un ser humano excepcional que en su infinita generosidad, es capaz de renunciar a las últimas gotas del elixir de juventud que le quedaban en el frasco para albergar otra vida en su interior; que luego tendrá que cuidar en su exterior y que terminará por exprimirle la poca... ¡¿Estás enganchada a las palmeras de chocolate?! ¿Cuántas malditas palmeras llevas hoy? ¡Y ten más cuidado que estás llenándome el suelo con esas migas que tienes por todas partes!
Yo, claro, me puse a llorar. No por su poco tacto y su inteligencia emocional cero, al fin y al cabo ya lo estaba pagando con creces con ese micropene que el Karma le había dado y que además, lucía dibujado en todo su pequeño esplendor en una de las puertas del baño femenino. Debajo de la obra de arte  reposaba el título de la exquisita composición y una breve descripción del espectáculo deprimente que ofreció aquel miembro a medio acabar, según relató la mismísima autora. El título, evocador donde los haya, rezaba: “Minimalismo es lo que tú tienes entre las piernas”. Dedujimos que por la clara alusión al término artístico, la autora no era otra que Margarita, redactora de contenidos de decoración de la revista. Acababa de separarse y no perdía oportunidad de comunicarlo oficialmente en ruedas de prensa ajenas o en las reuniones de reparto de contenidos de primera hora de la mañana. Le había faltado sacarlo en portada el mes pasado. Hasta el becario de deportes se había enterado, de milagro eso sí, cuando se le tiró encima de la mesa con la camisa medio abierta y un bolígrafo bic en la boca mientras le preguntaba si le ponía la x al Betis o al Rayo Vallecano. “El Rayo juega en segunda división”, dijo él mientras colocaba la foto de su novia delante de la cara de Margarita emulando un Vade Retro en toda regla.
Tampoco lloraba por la media palmera que, en forma de dulce confeti chocolateado, adornaba el suelo del despacho del animal de bellota de mi jefe. Lloraba porque nunca me ha gustado mentir. Lloraba porque tendré que engañar a mis lectores haciéndome pasar por entendida en la materia cuando anoche mismo les había dado salchichas del súper a las herederas para cenar… de las frankfurt, ni siquiera de las de carne adulterada. Lloraba porque me acordaba de los pobres canarios bebés huerfanitos a los que alguien les había quitado la leche de alpiste para vendérsela a los malvados humanos bebealpiste.
—Es lo que hay. Intenta mantener en secreto esa adicción tuya a las palmeras de chocolate y ponte a ello. Ya— dijo haciendo caso omiso de mis sentimientos.  Y siguió como si nada haciendo que leía el pie de foto de la rubia de los glúteos inflamados.
Me senté en mi mesa dispuesta a aprender todo lo que hiciera falta sobre nutrición, de la buena claro, no de la de las salchichas de anoche. Que no cunda el pánico, pensé;  al fin y al cabo todo está en la Red. Blogs sobre hábitos de vida saludables, recetas de comida sana, el Instagram de Sara Carbonero... en fin, con un poco de inteligencia, estudio y entusiasmo, en un par de días me convertiría en la Pérez Reverte de la cocina natural; en una auténtica sabelotodo.
Pero no. Ni un par de días ni en un par de vidas. Es abrumadora, abusiva, torrencial con fuerte marejada, un por demás, una auténtica avalancha de información la que circula por las redes sobre la comida sana y lo que tienes o no que comer. Así que después de que cundiera el pánico, caí en la cuenta de que tenía frente mis narices la solución a todos (casi) mis problemas: mi amiga Claudia, experta en nutrición de élite desde que se convirtió en mamá. De modo que la llamé y quedé con ella para comer en un vegetariano muy mono, muy cuqui y muy caro.
Claudia apareció impecable, sin una arruga en el vestido ni en la cara, una melena rubia de hondas surferas que a ella le salen sin necesidad de hacer surf ni nada, simplemente por existir. Unas sandalias Jimmy Choo de color rosa empolvado maravillosas, las mismas que tengo yo, por cierto, de fondo de pantalla en el ordenador del trabajo para animarme a continuar con mi plan de convertirme en una escritora reconocida, vender muchos libros y una vez saneada mi cuenta bancaria, correr al punto de venta más cercano a por mis soñadas sandalias color rosa empolvado. Es lo mismo que cuando en marzo cuelgas la foto de Claudia Schiffer en la nevera para ayudarte con la operación biquini. Sí, mi modelo motivador es un poco antiguo; la razón no es otra que porque a dieta, lo que se dice sintiéndome culpable por ingerir comida, llevo desde que Claudia protagonizara el catálogo de Mango con Naomí Campbell. Creo que yo acababa de aterrizar en el instituto por aquellos entonces.  Y ahí la tengo, pegada a la puerta del frigorífico como si del mismo logo se tratara. Igual debería poner una de la Claudia actual, después de haber parido, con sus cuarenta y tantos, en fin, más de mi estilo. O no, lo mismo es aún más deprimente.
Le hablé a Claudia, mi amiga, no a la ex top model alemana que vive en la puerta de mi refrigerador, sobre los planes de mi jefe para hacerme responsable de una sección de la que francamente no sabía cómo hacerme cargo. Ella me escuchaba con atención mientras saboreaba su smoothie de algas y sésamo tostado que es, por lo visto, Gloria Bendita para mantener tus intestinos en forma, según ella o para cagar como un mirlo, según yo.
— Bueno, iremos por partes. En realidad solo se trata de aplicar el sentido común. Por ejemplo ¿qué le mandas a las herederas para desayunar en el cole?
— Pues mira, en el colegio de las niñas seguimos cada semana el plan del desayuno saludable— contesté orgullosa. Un día lácteo, otro fruta, otro bocadillo... y así aseguramos una alimentación sana y que todos tengan las misma talla.
— Estupendo— dijo ella visiblemente poco sorprendida para lo que yo esperaba — Por ejemplo, el día de los lácteos ¿qué sueles poner?
—  Pues… batidos, quesitos de esos que llevan sus palitos incorporados y que te salen a euro el palito pero que pagas con gusto porque es sano; otro día yogurt...
— Para, para, para. A ver ¿el batido se lo haces en casa?
— El pedido sí; luego me lo trae el señor del reparto gratuitamente si mi pedido es superior a cincuenta euros en compras.
— ¿Industrial?
—Pues no lo sé; tal y como está el patio, hoy te encuentras con industriales, aeronáuticos e incluso filólogos haciendo repartos a domicilio. Pero yo no pregunto porque luego entablas amistad y tienes que dar propina.
— Me refiero al batido. ¿Es de esos de brick?
— También los venden en botellitas con abrefácil para ayudarlos a crecer y ser independientes.
Claudia ponía los ojos en blanco. Se abanicaba con la carta de comida cara. Bebía compulsivamente de su batido verde desatascatuberías.
— ¿Pero del yogurt no me dirás nada, no? Yogures hemos comido de toda la vida tú y yo, de los yoplait, de los que siempre mirabas la tapa al abrirlo por si te había tocado algo gratis. Y yo ahí no escatimo; los yogures de marca, de los buenos, de los más caros a poder ser.
— Esos yogures son veneno, querida.
Lo dijo justo antes de que apareciera el camarero a tomarnos nota de lo que íbamos a tomar y a mí por poco se me sale el corazón del pecho pensando en que había mandado a mis herederas al cole con dos vasitos de matarratas. De primera marca, eso sí.
— ¿Puedes explicarte mejor?— le rogué con lágrimas en los ojos, a lo Candy Candy, como hacía ella antes de convertirse en una mujer segura de lo que hace porque camina encima de unas sandalias Jimmy Choo rosa empolvado.
— ¿Tú sabes la cantidad de azúcar que les echan a tus yogures y a tus batidos? ¿Sabes la cantidad de química que llevan esos quesitos en su composición? ¿Sabes que esos palitos de pan como tú los llamas, están tan cargados de conservantes que pueden mantenerlos con el mismo aspecto durante meses?
Yo trataba de encontrar una cantidad que se aproximara a su precio justo y así llevarme todo el escaparate de premios, pero no lograba decidirme por un número en concreto.
— Pues hija, no sé, algo llevará, pero tampoco creo que sea tan grave ¿no? Yo a las herederas las veo sanas, juegan, corren, poco porque son más de pasatiempos intelectuales, ríen, dan por saco cuando les toca, no sé, lo normal a su edad.
— Ahora están a-pa-ren-te-men-te sanas pero ¿qué pasará dentro de unos años? ¿Podemos acaso obviar la increíble cantidad de casos de cáncer que hay actualmente en el mundo?
Touché. Ahí me has dado, maldita Candy Candy. Tendré que tirar media compra del súper en cuando llegue a casa.
Cogí mi agenda Mr. Wonderfull, mis rotuladores de colores y me dispuse a tomar nota como la alumna aventajada que siempre había sido en mi imaginación.
— Voy a meterte en mi grupo de reparto; nos traen la fruta y verdura de una huerta ecológica de absoluta confianza. Eso desde ya. A las niñas, para el cole, les pones fruta, frutos secos, pan cocinado en casa con harinas ecológicas que iremos a comprar en cuanto salgamos de aquí y untadas con mermeladas que tú misma podrás preparar con tus frutas ecológicas, por ejemplo. Y nada de azúcar.
— ¿Y en qué capitulo me explicas cómo hacer una mermelada de frutas sin azúcar?
— Retén esto en tu memoria, querida: azúcar nunca, jamás, bajo ningún concepto.
— ¡Pero el azúcar es la gasolina para mi cerebro! Y si me da una bajada de azúcar ¿tampoco entonces? ¿Tengo que resignarme a que mi vida acaba ahí porque no puedo meterme una chuche en la boca?
— Siempre, cielo, siempre hay una opción natural. ¿Necesitas azúcar? Toma una pieza de fruta. ¿Energía? Un puñado de almendras. ¿Fibra? Verduras, sírvete. Y como normas generales, sustituye el azúcar de caña por la de panela; la leche de vaca por bebidas vegetales; destierra los embutidos de tu nevera junto con los refrescos y el alcohol.
— ¿Puedo fumar tabaco vegetal ecológico?— ahí vi el cielo abierto— ¿ Y si yo misma destilo mi propia bebida, cultivo mis propios limones y gomibayas y capturo a mis propios Oopa Loompa para que me preparen mis gintónics?  Sería la opción natural sin duda alguna ¿no?
—Si tú no te lo tomas en serio, no voy a perder tiempo en intentar cambiarte la vida. Está en tu mano — dijo poniéndose de pie y cogiendo su bolso para hacer como que se iba si no atendía en su máster class.
Yo, claro, bajé la cabeza avergonzada, le pedí perdón y me despedí de mis Oopa Loompa hasta otra ocasión más propicia. Claudia se comprometió  a mandarme un menú semanal que podría utilizar en mis artículos e incluso se ofreció para ir a hacer la compra conmigo hasta que me familiarizara con toda esta cultura de la comida sana. También mencionó algo de acompañar todo esto de cuidarse con la comida con no sé qué de deporte, horarios saludables, yoga, kéfir, moxas y otras palabras que no retuve porque solo podía pensar en la palmera de chocolate que me estaba esperando en la nevera de la oficina.
—Mejor quedamos mañana para ir a comprar las harinas y demás. Es por ir preparando a Querido… ya sabes… con lo que le gusta un dulce, una palmera de chocolate o de huevo, o de chocolate rellena de crema, o de miel…
— Mejor mañana— dijo mientras me sacudía los trocitos de chocolate de mi camisa blanca.
Volví a la oficina con un espíritu renovado. Realmente tenía ganas de saber más sobre todo este mundo que, de no ser por mi jefe, seguiría siendo totalmente desconocido para mí; y lo que es peor: ¡No estaría dándoles la mejor alimentación a las herederas! Querido ya tenía una edad y para qué engañarnos, crecer a base de las croquetas de su madre igual le había dejado secuelas irreparables… pero mis niñas no, aún eran jóvenes y había esperanza para ellas. Suerte que contaba con Claudia;  ella me guiaría por el berenjenal ecológico que había pisado por primera vez hacía escasos momentos. Seguro que aprendería tanto que mis niñas crecerían sanas y fuertes y hasta desarrollarían súper poderes de visión nocturna gracias a la ingesta masiva de zanahoria ecológica. Comeríamos tan bien, que por fin mi cuerpo dejaría de acumular tallas y podría tirar  la nevera a la basura porque la foto de la Schiffer no la despegaba ya ni con amoniaco caliente.
En esas estaba, imaginándome a las herederas con linternas en los ojos, cuando recibí mi primera consulta.
Estimada Lady Mermelada:
Tengo una hija de cinco años a la que parece que la leche de vaca no le sienta muy bien y, además, he leído en el Facebook que no es buena para su alimentación y que somos los únicos mamíferos que seguimos tomando leche cuando ya nos han salido vellos corporales y que eso no puede ser bueno de ninguna manera. He intentado que probara preparados de avena, almendras, coco… prácticamente le he comprado todas las leches vegetales del mercado, pero ninguna le gusta. Estoy desesperada porque no sé qué darle para que moje las galletas del desayuno. ¿Podrías ayudarme?
Gracias.
Mamá en apuros.

Querida Madre en apuros:
Comprendo tu desesperación y te felicito por la decisión que has tomado de desterrar la leche de vaca de tu vida. Como siempre digo, cuando lo dice Facebook, agua lleva. También, y como amante de los animales que me considero, te felicito por no haber recurrido a la leche de alpiste. Gracias. De corazón.
Déjame decirte que siempre hay una opción natural y que espero que las galletas no sean Tostarrica. Si es así, deja de dárselas porque es mucho mejor hacérselas cultivando tu propia avena en un trocito de terraza que tengas libre, y donde veas que puedes aprovechar el agua de regar las macetas de tu vecino de arriba, así reciclas agua y tu avena crecerá más fuerte y robusta gracias a las propiedades de los geranios de tu vecino. Date cuenta de que estarás alimentando  tu avena con infusión de geranio ¡imagina la cantidad de nutrientes que perderías si no lo aprovechas!
Y para el tema de la leche te aconsejo, de nuevo, la opción más natural: en otro trocito de terraza que tengas libre, hazle una casita a una cabra y ordéñala cada mañana. Es una solución muy económica porque podrás hacer infinidad de productos con su leche y ahorrarás en tu cuenta del súper. Te recomiendo que visualices capítulos de Heidi y podrás ver la cantidad de comida que cocinaba el abuelo con su cabrita, para que puedas tomar ideas.
Espero haberte ayudado.
Un saludo,
Lady Mermelada.

Estaba claro, lo había cogido a la primera. Sé que Claudia estará orgullosa de mí… naturalmente.

lunes, 3 de febrero de 2014

La sospecha

Recuerdo aquellos años con nostalgia...  y aquellos vestidos cortos, aquellos vaqueros ajustados, aquellos escotes generosos. Recuerdo cuando al pasar junto a una obra, la cuadrilla en pleno recitaba sus mejores composiciones poseída por la fuerza de la testosterona que despertaba a mi paso. Ay... qué buenos poetas se han forjado en esta tierra a golpe de ladrillo. Métáforas sentidas en lo más hondo del corazón que salían por sus bocas como surtidores de pasión y que sin querer, te hacían pisar un poco más fuerte por la calle de la autoestima.
—¿Hola? Querida, ¿me estás escuchando?— me interrumpió con un susurro.
Maldita Candy Candy y su egocentrismo.
Qué subidón de guapura me entraba, qué contoneo de cadera les daba por respuesta, qué movimiento de melena les dedicaba. Y no hace tanto, ¿cuánto puede hacer? a ver, ¿dos años? ¿cuatro? No, no puede hacer tanto, aunque un par de añitos antes de la boda empecé con mi afición a la repostería, abandoné mi afición a los gimnasios y ¿Siete? ¿Siete años? Dios, no puede ser. O sí. Ya está. Soy una señora mayor.
—¡¡¡Te estoy diciendo que creo que Mario tiene una amante!!!!— me volvió a interrumpir, esta vez gritando a la vez que me sujetaba la cara con sus manos heladas, me la zarandeaba de un lado a otro y me hacía sentir la peor persona del mundo.
Y de repente se desvanecieron mis albañiles sospechosamente parecidos al señor que hace el anuncio de Invicctus, se alejaron de mi mente para dejar paso a un Mario que avanzaba a grandes zancadas, se plantaba delante de mí y me decía al oído: "Tenías razón. El hombre perfecto no existe". Luego sonrió y le brilló el colmillo izquierdo. 
—Lo sabía— dije dando un golpe seco en la minimesa de la minicafetería en la que nos sirvieron los minicupcakes menos quitapenas del mundo— Oiga, por favor, traiga rápido los dos muffins más creciditos que tengan. Y un cubo de helado de chocolate. ¡Rápido!
Es una ilusión que tengo desde siempre, de toda la vida del mundo, vamos. Eso de consolar a una amiga compartiendo un litro y medio de helado con sirope de lo que sea, en plan "soy tu amiga Kelly, de Minnesota, estoy contigo y me salto la dieta para que sepas cuanto te apoyo en tu decisión amorosa". 
—¿Lo sabías?— me dijo ahogándose en un suspiro eterno, desinflándose como un souflé de algodón de azucar, mirándome con los ojos irritados de tanto refregárselos por no dar crédito a lo que veía: a mí, su amiga del alma, conocedora de la más terrible de sus sospechas.
Que no cari, que no lo sabía concretamente, que lo sabía en general, que todos son iguales, que al final el que nace para pito nunca llega a ser corneta, que eso es el maldito wasap que está destrozando matrimonios, que no es el primer caso, que yo es que el Facebook lo quemaba, que qué dolor de entrepierna le daba yo a todo el que sólo pensase en engañar a su pareja, que qué jugoso les salen a estos los muffins, que no llores, que no merece la pena, que ni se te ocurra rechazar la casa de la Toscana, que a todo esto, ¿cómo te has enterado?, bueno es igual, lo importante es que estés segura que le vamos a meter un puro por el c...
—Se llama Rebeca, es compañera suya en el restaurante y es guapísima— y yo guardé silencio.
Claudia se secó las lágrimas, se recogió el pelo en una coleta y continuó.
—Ella es divertida, ¿sabes? y le hace reir. LLeva la ropa limpia, sin manchas de papilla, sin etiquetas colgando porque se olvidó de cortarlas. Siempre huele a perfume y siempre está perfectamente maquillada. Ella no es como yo, todo el día atacada de los nervios por si el bebé necesita algo y no lo entiendo, por si tengo que hacer la compra, por si Mario necesita algo que ahora mismo, no me apetece mucho darle. Ella nunca está cansada y no para de moverse por el restaurante subida a unos taconazos como los que yo me ponía antes de... bueno, antes. Y Mario la ve cada día y luego llega a casa y me ve a mí hecha un desastre, sin más conversación que el niño esto o el niño aquello... y anoche lo llamó. Él no se dio cuenta de que yo no estaba dormida y se fue al pasillo a hablar muy bajito. Le he dejado un mesaje en la nevera— se recostó sobre su mano y esperó con la mirada una respuesta. Mi respuesta.
Justo en ese momento, Querido me llamó al móvil. Le colgué tres veces y a la cuarta, preocupada por si a las niñas les ocurría algo, contesté. Las niñas estaban bien pero Mario andaba como un loco buscando a Claudia por media ciudad.
—¿Qué pasa, cielo?— me preguntó angustiado.
—Que necesito pasear a Claudia por delante de una obra— le contesté. Pagué la sobredosis de chocolate y me llevé a Claudia a caminar y, agarradas del brazo, recordamos nuestros años de instituto, nuestros primeros novietes, nuestras ilusiones. Y así, casi sin querer, la llevé de vuelta a su casa, donde Mario la esperaba desecho, roto de dolor por su abandono.
—Déjale hablar y, si no lo crees, no sigas a su lado... pero si ves en sus ojos sinceridad y tu corazón te pide abrazarlo, no destroces vuestra vida por los fantasmas que han creado tus inseguridades. Tú sigues siendo perfecta con tres tallas más, con el pelo recogido y con la camisa llena de manchas. Tú eres la mujer con la que eligió pasar el resto de su vida, tú eres única y maravillosa así, tal cual— la abracé fuerte y le dije al oído que la esperaba en el parque de enfrente. 
Pero no volvió.
Y Mario no volvió a olvidarse ni un solo día de recordarle su amor.




martes, 14 de enero de 2014

El deseo

           Desde que tengo uso de razón, acostumbro a formular deseos coincidiendo con la ingesta de las doce uvas reglamentarias, la última noche del año. En los primeros tiempos de esta costumbre, solía liarme entre los cuartos y las campanadas, como mi abuela pero con menos delito que ella, que ya llevaba practicando trescientos años. Así que hasta los doce años estuve haciendo una pequeña trampa que consistía en formular mis doce deseos en uno solo; algo así como un superdeseo compuesto por deseitos. En vez de pedir una Nancy, dos patines, Momo, El Quijote para niños, un rimel que pudiese desaparecer justo antes de entrar en casa y que me besaran los siete chicos que me gustaban (por turnos, no todos a la vez, claro está), lo que hacía era pedir "porfa, porfa, que el año nuevo me traiga solo lo que yo he pedido y no una bata nueva por si vienen visitas a casa". Y ya está; mataba doce pájaros de un tiro y me tomaba las uvas sin estreses ninguno ni riesgo de atragantamiento.
          Pero con las campanadas de los trece años, envalentonada por la experiencia que me daba toda una vida aprendiendo a diferenciar entre "carrillón, cuartos y campanadas", me decidí a pedir los deseos por separado porque estaba visto que así, en plan todos a una como Fuenteovejuna, no funcionaba. Y para prueba, la colección de batas invernales que poseía.
          Aquel año me dio tiempo a pedir tres deseos justo antes de que mi madre se atragantara de la risa por ver a mi abuela decir, a la tercera campanada y con la boca llena de uvas: "bha ejthá; bho bha he tehjminabo", toda orgullosa enseñando sus manos y su copa vacía. Era la campeona mundial de comedores de uvas anuales. Así que tuve que salvarle la vida a mi madre y, cuando estuvo fuera de peligro, ya estaba Chiquetete cantando en la tele. Otro año perdido. 
          Alcancé la perfección el año que pedí los doce deseos enteritos sin que nadie me molestara. Fue cuando ingresé de novicia en un convento, la tarde de aquel treinta y uno de diciembre. Al día siguiente por la mañana me fui con la excusa de ir a por tabaco y ya no volví. Y se ve que no obré del todo bien porque no se me cumplió ni uno solo de los deseos: ni necesité tres tallas más de sujetador, ni me crucé por casualidad con Ethan Hawke ni por supuesto, se enamoró de mí, víctima de un flechazo que duraría eternamente; ni dejé de fumar ni me apunté a un gimnasio. El resto de deseos los omito con el fin de preservar la identidad de mi exvecino del segundo y de la golfa promíscua de su entonces novia, hoy mujer.
          Pero una crece, se convierte en madre y todos los deseos del mundo se concentran en tres: que sean felices, que estén sanas, que pueda acompañarlas mucho tiempo en la vida.
          Hasta este año que se me ocurrió también pedir adelgazar los equis kilos que me sobran.
          _ "¡Qué notición! Este año nos ponemos juntas a hacer dieta y nos apuntamos al gimnasio, que yo, desde el parto, solo he perdido seis de los siete que cogí... y el veranito está a la vuelta de la esquina"- me dijo mi odiada Claudia mientras su pequeño Rodrigo dormitaba plácido y lleno de lazos y puntillas en su precioso cochecito-réplica del que paseó al pequeño Felipe Juan Froilán al nacer.
          Porque Claudia ya era mamá. Dio a luz una soleada mañana de junio ataviada con un camisón Vitorio&Luccino Maternity, después de dos empujoncillos y tres suspiros. Su niño salió todo rosita, con el pelo lavado y entonando un Aleluya mientras ascendía en manos de la ginecóloga, por el haz de luz que enfocaba directamente a la laringe de su mamá vista desde la vagina. Mario lloraba, Claudia lloraba... y Rodrigo sonreía a todas las enfermeras con las que se cruzaba y ellas, embelesadas con el pequeño ladronzuelo, le obsequiaban con más pañales de la talla cero que al resto de los angelitos nacidos en la misma clínica. Y fueron felices y comieron perdices.
          Y yo accedí con un "vaaaaaaaaaale" cuyo único objetivo era el de dar por zanjado el tema para siempre jamás en la vida. Lo malo es que a Claudia, a mi Claudia, no se le olvidó y, aunque es como una hermana para mí, pasó de ser una persona dulce, amable y cariñosa, a convertirse en la peor bruja sin sentimientos que habita el planeta Tierra. 
          A las siete y media de la mañana del lunes se plantó en mi casa después de mandarme un wasap con un emoticono de ojos saltones en foma de corazoncitos y un "¡Arriba cari! En una hora estoy en tu casa para empezar en el gimnasio¡Qué ganas!" y otros dos emoticonos de ojocorazones saltones. La gran hija de perra se había levantado a las seis y media de la mañana y encima, de buen humor. Yo obviamente no lo vi al encontrarme plácidamente soñanado con que ganaba la final de Masterchef, publicaba un libro de receta, ganaba el premio Planeta y el gordo de la Lotería. Era la única manera que tenía la vida de hacer realidad los deseos que me comí con las doce uvas este año. Los sueños y el enviarme a Candy Candy deportiva prácticamente de madrugada.
         07:30h: Llamó al telefonillo una vez. Abrí mi ojo pero no pude con el segundo y me volví a dormir.
         07:33h: Llamó otra vez al telefonillo y mi Querido me introdujo su codo en el pancreas. Ni el dolor ni el sueño me permitían abrir los ojos, así que me volví a dormir.
           07:36h: Llamó una tercera vez. Le di una patada en los testículos a mi Querido en respuesta a la doble intromisión de su tobillo en mi hígado. Abrí los ojos y miré el móvil. Decenas de emoticonos adoptando un amplio abanico de emociones, desde el que me guiñaba un ojo, pasando por la sonrisa Monalisa, la sonrisa de medio lado, emoticono serio, más serio, mueca de nopuedoconlavida y finalmente, emoticono lila cabreado. Salté de la cama y me tiré al telefonillo de cabeza. 
         Apareció ante mí con cara de haber decapitado a Heidi y habérsela comido para desayunar. Así que ahí la tenía, a ella, a la Claudia que haría temblar a una pandilla de Ñetas.
         Me hizo engullir un zumo y una barrita energética sin grasas saturadas ni polisacáridos y esperó, dando golpecitos en el suelo con su pie izquierdo, a que me pusiera mi chandal pantojil y mis deportivas Puma. A las ocho menos diez estábamos en el gimnasio, apuntadas para la primera clase de spinning. 
         Supongo que esto del spinning lo inventaron los de la Inquisición pero no lo patentaron por parecerle, igual, demasiado inhumano. He visto claramente la luz al final del tunel. Y lo peor no ha sido el monitor, quien me ha prestado su ayuda  muy amablemente las dos veces que he creido sufrir un infarto agudo de miocardio... lo peor ha sido ella. ¡Ella! Era como la Sargenta de Hierro, implacable, cruel, despiadada. La miraba y la veía diciendo “Soy la sargenta de artillería CandyCandy. He bebido más cerveza, he meado más sangre, he echado más polvos y he chafado más huevos que todos vosotros juntos, capullos.” No dejé de pedalear por miedo a que me pusiera a hacer trescientas flexiones con una mano y me castigara con no volver a ver a mi familia si ni lo conseguía. No me quitaba ojo. Era mujer muerta.
         Claudia me exige cada día fotos de mi ración de comida y cena diaria. Me obliga a pesarme en la misma báscula cada lunes y si una semana no bajo de peso, me apunta a dos clases extras de kick boxing. 
         Aun así, cada noche, me envía un "Que descanses, cielo. Merecerá la pena" adornado con millones de emoticonos a los que les salen corazones de la boca.
         Yo tengo claro que este año, cuando den las doce campanadas, estaré en el séptimo sueño para no tentar a la suerte. 
      
        


miércoles, 25 de septiembre de 2013

La venganza

Antes de dar a luz, Claudia se había comprometido a dar una última cena premamá por todo lo alto. Sabía que los días de decidir a qué hora querría levantarse, estaban llegando a su fin y que dentro de unas ocho semanas, sería un calvito sin compasión de ningún tipo, el que decidiría a què hora terminaban los sueños entre algodones de su mamá.
Así que Claudia se pasó dos días enteros preparando su despedida de... libertad.
A las diez de la noche, como habíamos pedido (rogado) las que sí teníamos que acostar a nuestros insomnes vástagos (qué casualidad, mamá quiere salir y los pequeños amotinados tienen sendos palillos en los párpados que les impiden cerrarlos aunque mamá se haya pasado toda la tarde intentando cansarlos a base de paseos por el Ikea), fuimos llegando a la acogedora (a pesar de ser envidiosamente grande) casa de Claudia. Derroche de velas, de vinos, de flores blancas y frescas por toda la casa... derroche de tipazo a pesar de estar de siete meses, de melenón extrasedoso y de felicidad saliéndole hasta por los taconazos, que no sé qué piensa dejar para cuando venga al mundo Roberto, dicho sea de paso sin acritud de ningún tipo y desde el cariño más absoluto.
Nos sentamos en torno a una gran mesa engalanada como si estuviera nevando fuera y estuviéramos en Navidad. No faltó un detalle ni una copa llena. Shusi, sashimi, ensaladas deliciosas, tapenades de seis riquísimos tipos, panes con semillas, sin semillas, de cebolla, sin cebolla, quesos españoles, fanceses e italianos... y de ahí al paraiso: una mesa donde pecar sin remordimientos, donde saciar el mayor de los apetitos tantas veces reprimido, donde olvidarse de que el cuerpo es a menudo cruel y convierte en tormento lo adquirido de la manera más dulce... pasteles y tartas, helados y frutas bañadas en el mejor chocolate que habíamos probado nunca ( en estado de incipiente embriaguez, se entiende); y locas que nos volvimos. No la manteamos con el mantel bordado a mano por la madre, la abuela, la bisabuela y la tatarabuela de Mario, por respeto al pequeño Fellini, como ya le llamábamos cariñosamente.
Casi rodando llegamos a la terraza donde Claudia había instalado una pequeña barra de cockteles para emborrachar agasajar a sus invitadas. Ella era ya una madre que disfrutaba viendo comer a sus hijos la última porción de tarta, el último pedazo del queso que quedaba para su ensalada, el último bollito recién hecho un domingo por la mañana. A Claudia se le había cerrado el grifo pero disfrutaba igual viéndonos beber y reir a nosotras, sus queridas amigas y además, mañana no tendría resaca.
 Comimos, bebimos y disfrutamos como hacía tiempo... pero Claudia puso una única condición: prohibido hablar de hijos. Nada de conversaciones en torno a cigotos, fetos, bebés, niños o adolescentes. De lo anterior al cigoto y del posterior al adolescente podíamos conversar libremente y sin restricciones de ningún tipo... y eso hicimos.
- "Bueno, a ver, quién me recomienda un DIU como método anticonceptivo?- preguntó Marta, madre de cinco hijos con edades comprendidas entre los tres y los diez años.
-" Yo del DIU no me fio, ¿qué quieres que te diga?Mi hermana es hija de DIU, mi sobrina Angustias es hija de DIU y mi vecino Hector Victor es hijo de DIU, como nos confesó su madre en confianza a todo el bloque, el día que la prueba le dio positiva y gritó aquella cantidad de blasfemias por la ventana del patio de luces"- le contestó María, madre de un queridísimo y buscadísimo y uniquísimo hijo.
-"Pues yo prefiero confiar en la Naturaleza, conocer mi cuerpo y saber cuando puedo o no puedo dejarlo actuar"- apuntó Celia, bióloga, madre de tres dulces y rubias trillizas y amante de las familias numerosas de seis o más miembros.
Una a una fuimos  opinando, proponiendo, preguntando... menos Teresa, que escuchaba la conversación entre los sorbos de un Manhattan. Apuró la copa y antes de ir a por la segunda, decidió intervenir.
- "¿Y no habéis probado con el móvil de vuestro marido?"- nos dijo muy seria.
Rápidamente buscamos la nueva apps que (misteriosamente) funcionaba como anticonceptivo y estábamos dispuestas, la mayoría eso sí, a pagar hasta dos euros y medio si hiciera falta para descargar tal adelanto de la Ciencia. Mi Querido no se lo iba a creer. Bueno, ya me imaginaba su cara, como apasionado del cine y las novelas futuristas que es, impresionada y emocionada con el legado de Jobs. 
Las de Apple miraban a las de Android, preguntándose cuál sería el sistema operativo afortunado pero después del segundo Manhattan de Teresa y una media hora de reirse en nuestra cara misma, la amiga del Futuro volvió a hablar.
-"Bueno, creo que tengo que especificar: me refería a que el móvil de mi marido se convierte en anticonceptivo en el momento en el que, queriendo o sin querer, veo las fotos de señoras solas, o de señoras acompañadas de otras señoras, o de señoras contorsionistas que amablemente y sin ánimo de lucro, intercambian sus amigos y conocidos. Y para mí, es mano de santo. Es que lo miro y le veo con veinte años menos, como un adolescente crecidito... y tiene cuarenta y tres."- concluyó.
Esa noche todas menos Violeta, felizmente separada desde hacía tres años, miramos al llegar los móviles de nuestras parejas... y allí estaban, testigos de conversaciones nocturnas y diurnas, al amanecer, al anochecer, tras una recomendación literaria o tras una culinaria... 
Marta, la más afectada del grupo por el descubrimiento mamográfico, propuso darles de su misma medicina y llenarnos los móviles de abdominales definidas, brazos torneados, poses sugerentes... pero llegamos a la conclusión de que lo poco agrada y lo mucho cansa, que igual caerían en la cuenta de que nuestras fotos no eran del Increible Hulk, sino de perfiles asequibles de los que cualquiera de ellos podría presumir de cuidarse mínimamente... aunque lo que realmente nos quitó de la cabeza de la idea de la vengaza de teta por teta y pene por pene, fue algo tan sencillo como el respeto.
-"Pero cari, no tiene nada que ver el respeto. Tú me puedes querer con locura y respetarme pero mandarle a tu amiga una foto del actor que sea. Puedo prometerte que no me enfadaré ni sentiré que sea una falta de respeto"- me informó mi Querido.
-"¿De verdad?"- contesté
-"De verdad"- contestó. 
Lo miré mientras se sentaba en el sillón con esa sonrisilla condescendiente que me altera significativamente, encendía la Play y se terminaba el Neskuik que había dejado la niña al merendar. 
Esa noche no tuve dudas:  tendrían salchichas con ketchup para cenar. 

jueves, 30 de mayo de 2013

El mei must

¡Albricias! Wassap colapsado; Facebook a punto de cerrar por una pandilla de mujeres poseídas por una felicidad suprema  que no paran de mandar mensajes a diestro y siniestro; teléfonos fijos que vuelven a la vida... hasta Line ha hecho su agosto con la noticia. Y es que... Claudia ha sido mamá.

Por si no la recordáis, Claudia es mi amiga de la Universidad. A modo de resumen, diré que mi amiga también conocida como Candy-Candy, se enamoró de un italiano, se casó con él, soñó que le era infiel, se quedó embarazada y hoy finalmente, se ha convertido en mamá, en una mamma de pies a cabeza, en otra persona. 

Claudia no empezó a leer con el Micho, lo hizo con el Vogue de su madre. Claudia es la única persona que conozco, que realmente tiene un fondo de armario (me refiero a uno de verdad, con su litte black dress, su americana de Valentino, sus Manolos, su Louis Vuitton verdadero, esas cosillas ahora conocidas como must de la vida de una mujer). Yo tengo otro fondo de armario compuesto principalmente por un pijama de franela calentito, eso sí, con su puntilla en mangas y cuello en plan glamourosa; unos vaqueros premamá que me he estado poniendo durante tres años por esta manía mía de enlazar embarazos y no desprenderme de mi barriga tras el parto; un bolso de Carolona Herreruela y la joya de la corona, mi buque insignia: mi faja postparto.

Como digo, Claudia ha sido, es y será una fashion victim totally of the life. Bueno, eso pensaba yo... Durante el embarazo ha lucido cincuenta y dos vestidos distintos de entre los que no sabría decidirme por el más dulce, elegante, maravilloso o perfecto vestido premamá. Con sus lazos, su corte al pecho, sus rayas marineras. Estaba tan estupenda que la ficharon para hacer el catálogo de ropa premamá del C&A, del Corte Inglés y del Prenatal edición alemana, creo yo que por sus facciones de niña con ascendientes teutones.

El caso es que no sabría decir por qué pero... de un tiempo a esta parte, algo ha ido cambiando sutilmente en Claudia. Ella, que al primer estornudo salía pitando a urgencias ante el temor de una gripe aviar, ha barajado la posibilidad de parir en casa a su vástago italiespañolini. Ella, que no conocía ni el Parque del Retiro habiendo vivido cinco años en Madrid, que no pisa la arena de la playa de no ser sobre unas sandalias monísimas de la muerte que aislen a sus delicados pies de la perversa arena playera, que no venía a una barbacoa familiar a menos que le perjurásemos que habría tumbonas y parasoles para su exclusivo cuerpecito... ella... ahora se tumba en el primer cesped que ve a escuchar consejos de mamás y a jugar con bebés ajenos.

Claudia ha cambiado... a mejor. Ha abierto su mente a nuevas experiencias, ha empezado a entender que quizá lo establecido no es siempre lo correcto, ha decidido que, a partir de ahora, prestará atención a su cuerpo, al de Mario... al del bebé.Y es que Claudia ha sido mamá. Ella, su mundo, sus prioridades, todo ha cambiado.

Claudia, la que se recorrió media España en busca de la funda perfecta para su Bugaboo, no quiere soltar a su heredero ni para ir al baño. Así que una, buena amiga donde las haya, le ha hecho el regalo de su vida: un mei tai artesano.

Hasta encontrar esta maravilla, he tenido que pasarme tres noches en vela estudiando sobre mochilas ergonómicas, meis, foulares, bandoleras, colgonas sí/ colgonas no, porteo, postureos y un largo etcétera. Pero ha merecido la pena, lo he encontrado, el mei perfecto: hecho a mano con un piqué maravilloso de bodoques bordados en tonos beig a cámel. Una joya. 

Porque a mí no me engaña, en el fondo sigue siendo la misma Claudia a la que le gusta presumir de fondo de armario, de prendas únicas y exclusivas, de lazos y puntillas.




Para las interesadas en un mei con todas estas características (artesano, exclusivo, perfecto... lo del piqué es opcional), podéis hablar con mi Solomilla y ponerla a coser, que últimamente está muy desoficiada ;)

SUERTE ARTISTA, ¡LO VAS A BORDAR!





martes, 5 de febrero de 2013

Experta mamá

Tenía que llegar el día en el que a Claudia se le notara su barriguita... y claro está: llegó. Cuando eres mamá antes que una amiga, en el momento en que ella se queda embarazada no paras de advertirle, enseñarle, aconsejarle sobre absolutamente todos los aspectos relativos a la maternidad. Tú eres una experta altamente cualificada en algo por primera vez en la vida y eso se tiene que notar.
Yo no he sido menos y por los poderes que me han sido otorgados como madre repetidora, empecé a aconsejar (acosar) a Claudia desde el minuto uno de la anunciación (que no de la concepción... únicamente porque no estaba delante que si no ya le habría puesto el termómetro, subido las piernas, despertado a Mario para un segundo asalto por si acaso, bla, bla, bla). 
- "Tienes que tomar unas galletitas saladas antes de levantarte, por las nauseas"
- "Tienes que darte esta crema en la tripa, ésta en la cara, ésta en los pezones"
- "Ni se te ocurra comer jamón/ suelta ese cigarro en cero coma/ suelta ese paté/ esa clara/ ese café/ ese maki hasta arriba de anisakis"
- " Tienes que leerte el Qué se puede esperar cuando se está esperando pero ya!"
- " ¿Has dormido bien?/¿Has lavado bien la lechuga?/ ¿Has puesto los pies en alto?"
Mil y una preguntas, recomendaciones de todo tipo. La sabiondilla que vive en mí daba volteretas en el aire agitando los pompones (¿olvidaré a Grey algún día?).
Y todo esto ocurrió mientras no se le notaba, mientras el pequeño cigoto no daba patadas ni malas noches, mientras todos los consejos iban para la futura mamá únicamente. 
Pero como digo, llegó el día en el que la acompañé al ginecólogo (¿quién mejor que tu amiga experta para recordarle al médico que tiene que hacerte el triple screening, el O´sullivan y recomendarte los ejercicios de Kegel?) y lo vi aparecer ante mí. Su perfil redondito, sus manitas inquietas, su placentita placentera. Pues bien, pequeño futuro ahijado, la has cagado. Y a partir de ahí, todo fue instruir a mi querida Claudia sobre el número de peleles y pijamas necesarios, que si el arrullo, toallas, jabones, cremas del cuerpo, del culete, de las erupciones, esponjas naturales, este chupete, aquel termómetro, esos pañales... y lo peor no era mi perorata contínua, lo peor es que Sofía también era madre, Laura también, Isabel, Teresa... y todas tenían peroratas, claro está.
Claudia empezó a evitarnos, a salir con gabardina y gafas de sol, a no contestar al teléfono. Como se podrá comprender, nuestra preocupación iba en aumento y las llamadas en cadena se hicieron cada vez más habituales.
-"¿Sabes algo de ella?"- me preguntaba María
-"Nada desde anoche cuando me dijo que iba a cenar y que ya me contaría hoy"- le contesté.
-"¿Tú sabes si le habrá comprado al bebé los peleles de la talla 0? Es que estoy en el Kiabi y hay tres por dos, se los cojo?"- volvió a preguntar.
Pero a mí ya no me preocupaban los peleles, me preocupaba que aún no me había llamado y eran las doce de la mañana.
Llamé a Mario: apagado. Llamé a su madre: no contestaba. Llamé a su ginecóloga: me colgó después de recomendarme un valium y una siesta. Me tomé el valium. Me tomé una cerveza. Llamé a mi médico por si tenía que ir a urgencias a hacerme un lavado de estómago por la mezcla (¿sería letal?, ¿me mandarían al psiquiatra?¿me dejaría mi querido por mis adicciones al alcohol y los barbitúricos?). Me recetó otro valium. Me decanté por otra cerveza.
Claudia me llamó a la una y media. Una hora y media menos de vida.
Presa de mi estado alterado, la pobre Claudia soportó sin abrir la boca mi chaparrón: que si me tenías preocupada, que si no puedes quedarte sola en casa a ver si te vas a tropezar con algo, que si ya sabes que me preocupo por ti porque YO SÉ lo que es un embarazo, que si puedes contar conmigo, que si que no te apetezca el sexo es normal y Mario lo tiene que entender, que si como lo coja lo entero, que si, que si...
-" Me he quedado dormida, lo siento"- me dijo con un hilito de voz cuando cerré mi enorme bocaza.
-"Vale cariño (ay) descansa (ay), te quiero (ay)"-dije. Y colgué el teléfono con el rabo entre las piernas.
En mi afán de demostrarle a mi amiga todo lo que sabía del tema bebé, me había olvidado de lo más importante: dejar descansar, dejar preguntar, dejar experimentar, dejar disfrutar de la maternidad. 
Claro que por otro lado... haber sido madre ella primero.




viernes, 30 de noviembre de 2012

News

Bueno, bueno, notición. Hacía años que no reunía a todas mis amigas para contarles alguna primicia. Las llamadas, mensajes y correos varios giran ahora en torno a las bocas ("Martinita ya ha dicho su primera palabra: ¡caca! Estamos felices. Bss"), barrigas ("Alvarito ya come trozos, como un niño mayor! Estamos felices. Bss") o esfínteres de nuestras proles ("Operación fuera pañal desastrosa, la casa huele a callejón junto a discoteca... pero estamos felices! Bss").

Ya llevaba tiempo dándole vueltas a la idea, lo cual en mí es prácticamente inútil porque en la primera vuelta ya me he decidido a hacerlo. ¿Qué empiezo a pensar con el primer café en que quiero darle un cambio de estilo a la casa y cambiar un par de muebles? en dos minutos estoy mordiendo el cruasán en la puerta de Ikea. ¿Qué he visto con el rabillo del ojo que mi querido tiene una melena digna del cantante de Europe? no he terminado de enfocar del todo la imagen y ya le he pedido cita para mañana en Luigi`s. ¿Qué empiezo a pensar en vestidos de novias? pues al rato estoy probándome vestidos en Prenatal porque ya sé lo que viene después.

Y así ha sido de nuevo. Hace dos mañana me he levantado, me he duchado, vestido, maquillado y mirado al espejo después... y ahí ha empezado todo. La misma ropa de hace cinco temporadas, el mismo peinado, el mismo número de maquillaje, colorete, lápiz de ojos... nada nuevo a excepción de dos arrugas, diecisiete estrías en la barriga y una talla menos de sujetador (está claro que todos los santos han ignorado mis rezos diarios implorando implantes de siliconas sin cirujía). Entonces me he empezado a plantear que igual mi yo madre se está pasando con el secuestro de mi yo mujer y que lo mismo necesitaría renovarme un poco. Dos días dándole vueltas al asunto: record mundial. 

Esta mañana me he puesto mi abrigo largo marrón heredado de la tía-abuela Margarita y me he echado al centro comercial como una posesa. Primero saneamiento de urgencias y mechas californianas a lo Sara Carbonero; luego depilación de prácticamente todo el cuerpito humano; a continuación manicura, pedicura y mascarilla... todo esto en Lourde´s. Luego, con dos kilos menos, me he vuelto loca comprando zapatos, vestidazos, cremas y bolsos. También he comprado un bolígrafo para mi querido, que no se diga.

Cuando me he montado en el coche me he sentido como nueva, como antes. Como cuando entraba y salía de casa sin preocuparme por nadie más que por mí; como cuando ver la nevera vacía era una buena excusa para salir a cenar y no el fin del mundo porque no quedan salchichas para las niñas; como cuando me compraba ropa para sentirme atractiva y no cómoda-todo-terreno; en fin, como nueva. Con el subidón he cogido el teléfono y he mandado un wassap a mis amigas para comer juntas, hoy tiro la casa por la ventana. 

Y qué gusto, sin capazos ni sillitas a mi lado, sin termos de potitos, sin baberos, sin llantos... sólo conversación entre mujeres adultas, confidencias, alagos por mi gran noticia del fin del secuestro y puesta en libertad de mi yo mujer, en fin, felicidad suprema. De vez en cuando me sorprendía meneando la silla de Claudia que estaba a mi lado. A ver, la yo madre sigue ahí y sigue mandando, tampoco ha desaparecido como por arte de magia. Así pasamos la comida, alabando los momentos de soledad, los ratos sin balbuceos, los bolsos superchic en los que ni queriendo cabe un pañal, los tacones, el dormir sin hora, en fin, todo lo que una madre echa de menos en su vida.

En esas estábamos, terminando la tercera botella del Ribera del Duero que nos habían puesto, cuando caimos en la cuenta de que algo pasaba. Yo estaba tan eufórica con el cambio de look (y actitud, pero eso es capítulo aparte), que no me había dado cuenta de que Claudia no había abierto la boca en ningún momento. No había dicho ni una palabra y no había bebido ni un sorbo de vino. No sé qué me resultó más extraño. 
Una a una fuimos guardando silencio y conforme nos íbamos mirando las unas a las otras, empezamos a sonreir, luego a reir, a aplaudir... y a llorar de alegría. Estaba claro: ¡Claudia estaba embarazada! Ella se limitó a asentir y ponerse a llorar con un llanto demasiado sonoro como para ser de alegría. Cuando tuvimos el detalle de dejarla hablar por fin, Claudia se secó las lágrimas y nos dijo:
- "¿Pero por qué os ponéis tan contentas!? si lleváis toda la comida celebrando que vuestros niños están lejos de vosotras?"
Y entonces todas nos pusimos a la vez a contarle que si el día más feliz de Isabel  fue aquel en que vino al mundo Martina, que si Carmen llora cada noche cuando Alvarito le dice "hasta mañana, mamaíta, te quiero mucho", que si Raquel adora dormirse abrazada a sus dos niñas... todas le fuimos contando como, desde el momento en el que el predictor dice sí, tu vida da un giro tan brutal, que tardas un poco en recomponerte y volver a ser tú... aunque realmente no vuelves a serlo nunca porque ser mamá te hace ser más generosa, más humana... más feliz.

Claudia empezó a entender entonces lo que era ser mamá, a lo que renuncias y lo que obtienes a cambio, que los ratos malos existen pero que vienen seguidos de otros de absoluta felicidad... Claudia estaba empezando a entender, quizá porque ya estaba empezando a ser mamá.

jueves, 25 de octubre de 2012

El sueño

- "He soñado con mi ex" - dijo Claudia con un hilito de voz
Oh no, Candy Candy ataca de nuevo.
- "Pero cómo, en plan guarro?"- pregunté yo deseosa de detalles escabrosos.
-" Nooooo!"- me gritó sin alzar su  tono de voz lo más mínimo, creo que sus cuerdas vocales son tan cursis como ella- "bueno... sólo un beso"
Oh no, sueño romántico, hiperlargo e hiperaburrido a la vista.
- "No te preocupes, sólo ha sido un sueño, tú le quieres, él te quiere y sois felices. Has visto esos zapatos?"- concluí. Y tiré de ella poseída por una atracción hasta ahora desconocida por las plataformas de lentejuelas. 
Pegué mis manos en el escaparate y empecé a echar cuentas mentales para ajustar el presupuesto y poder comprarme las plataformas para el bautizo de mi sobrino. "Si en vez de darle el Blevit me paso a la Nidina un par de meses y en vez de ponerle los Dodot, le pongo los picos que guarda mi madre de cuando era bebé... y si me corto yo las puntas este mes y a mi querido le saco la bastilla de los pantalones de cuando hizo la comunión..."
- "¡Pero no te das cuenta!? ¡He besado a mi ex!!!!!! Esto es una señal. Mi matrimonio está construído sobre una mentira y lo peor: AÚN NO HE OLVIDADO A RICARDO!
Y se echó a llorar sin dejar que terminara de ajustar mis cuentas y echando a perder mi sueño de subir como la Duval las ecaleras de la iglesia del pueblo de mamá.
Desconsolada, me contó como Ricardo la acompañaba a casa después de una cena a la orilla del mar, como le pasaba la mano por la cara para apartarle el pelo, como se inclinaba hacia ella con la boca entreabierta y jadeante. Yo empecé a pensar que no estaba del todo mal el relato y que también tenía su puntito erótico, así que me acomodé en el sillón de la cafetería y pedí un gintonic. A veces soy un poco "viejoverde", qué le vamos a hacer.
Continuó describiendo como ella sucumbió a sus labios y se entregó a un beso eterno y lleno de sentimiento y que anhelaba con todo su cuerpo que Ricardo la besara por cada centímetro de su piel. Fue un beso largo, profundo y sensual donde ellos fueron todo boca, todo lenguas, todo atracción.
Bebí de mi copa y respiré. Y ella continuó con aquella bendita tortura.
- " Me sentí tan atraida por él que no quería que se despegara de mí pero entonces ocurrió algo que aún me tiene más desconcertada".
- "Qué pasó?- le dije con el teléno en la mano para llamar a mi querido y decirle que fuese acostando a las niñas y abriendo una botella de vino.
- " Es muy extraño, no sé cómo he podido siquiera imaginar... aunque no he sido yo, todo era un sueño pero es tan raro que..."
- "¿ QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ????!!!! ¿QUÉ PASÓ!!?- y la niña del Exorcista se apoderó de mí. 
- " Pues que mientras Ricardo me besaba abrí los ojos por un momento y vi... vi a Mario a lo lejos, mirándonos fijamente y sin mover un sólo musculo de su cara. Salió de la nada, estaba de pie apoyado en la pared, las manos en los bolsillos y la mirada clavada en mí. Y lo peor de todo es que yo no me aparté de Ricardo. Cerré los ojos y continué besando sus labios con más pasión que antes. "
- "Y qué hizo Mario?- le dije cuando ya no me quedaba gintonic ni uñas y me habían entrado unas ganas locas de volver a fumar.
- "No lo sé! Me desperté".
Se despertó.  Ella es así, una profesional del misterio y la intriga. Después de mucho dialogar, nos dimos cuenta de que en realidad Ricardo no era Ricardo, era Mario en el fondo con la forma de Ricardo, que lo que ella anhelaba eran los besos apasionados y ardientes de Mario y la sensación de libertad que tenía antes de estar casada y que por eso el que la besaba era Ricardo, su exnovio pero no Mario, su marido. También llegamos a la conclusión de que por mucho amor que haya en una pareja, todos necesitamos volver a sentir de vez en cuando la emoción de los inicios, la llama de la pasión recién encendida. 
Y yo, que soy bastante más lista que el hambre y los ratones colorados juntos, me di cuenta de que en realidad, y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, a todos los hombres les gusta mirar.


jueves, 17 de mayo de 2012

La boda de mi mejor amiga

- "¿Te lo puedes creer?"- me decía con un hilito de voz, sujetando a duras penas ese torrente de lágrimas que estaba a punto de poner a prueba a su máscara waterproof- "¡Voy a casarme!".
Estaba radiante, preciosa, perfecta. Claudia nunca dejó nada al azar en cuanto a sus estilismos se refiere pero esta vez se había superado. Y allí, en medio de aquel jardín tupido de jazmines y rosas blancas, me miraba esperando una reacción. Es curioso como a veces, aún sabiendonos guapas, no nos lo acabamos de creer hasta que alguien nos lo confirma de alguna manera. " Estás más guapa que nunca. Mario se va a desmayar en cuanto te vea avanzar por esa alfombra roja". Claudia sonrió, me apretó la mano y volvió la cara sutilmente, justo hasta el punto en el que un rayo de sol hizo resaltar más aún sus enormes ojos verdes. ¿Dónde está el fotógrafo de Pronovias cuando se le necesita?

Claudia dijo sí a un Mario emocionado y tembloroso. La miraba con tanto amor que nos contagió a todos y en el momento de darnos la paz, en vez de apretarnos las manos, todos los invitados nos dimos besos y emocionados abrazos. Había tanto sentimiento en sus ojos, que incluso conmovió a dos amigas que habían dejado de serlo y que se perdonaron allí mismo, en mitad de la iglesia. Nunca había asistido a una boda en la que tanta gente llorara a moco tendido, olvidando maquillajes y peinados y dajándose envolver por aquella felicidad que desprendían los novios.

Fue una celebración de lo más informal. En un rincón del jardín se formó espontáneamente una montaña multicolor de pamelas y tocados y a su lado, otra de tacones de aguja e incómodos stilettos. Nadie se preocupó de retocarse las mejillas ni de ajustarse el recogido, nadie se molestó en fijarse si la de al lado llevaba un vestido viejo o de la nueva temporada. Sólo brindis y más brindis por la felicidad de la pareja.

-" ¡Qué boda, Claudia!, ¡la mejor a la que he ido en mi vida!"- le comentaba Marta a la vuelta de la luna de miel.
-" Gracias amiga, me alegro tanto de que disfrutárais..." - contestaba Claudia sin resultar del todo creible.

Esa voz... esa cara de circunstancia... esos ojos huidizos... A mí no se me escapa una y además la conozco mejor que su señora madre de modo que, aprovechando un despiste del grupo, cogí a Claudia del brazo y me encerré con ella en el baño.

- "Venga Candy Candy, qué es ahora?"-
- "¿Ahora de qué? No me pasa nada cariño, de verdad"-

Por la forma en que lo dijo no tuve más remedio que creerla. Abrí la puerta del baño y cuando tenía medio pie fuera escuché un enorme " aaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyysssssssssssssssssssss" que me dejó paralizada. ¡Lo sabía!, me dije a mí misma en bajito para que no pareciera que me alegraba de que realmente le pasaba algo.

-" Es que... es que llevo seis meses,¡¡ seis!!, preparando cada detalle de mi boda!"-
-" ¿Y?" -  le contesté yo repasando a la vez el número de cervezas que llevaba y que muy probablemente me estaba ralentizando el entendimiento. - "Todo estuvo perfecto, Claudia!"
-"¿Perfecto? ¡¿Perfeeeecto?!"
 Y así, sin previo aviso, resulta que abrí la caja de Pandora.
En fin, que Mario no se fijó en su vestido, que las invitadas no vimos el guiño que nos hacía al poner una margarita blanca sobre cada plato de pan, que los centros florales pasaron desapercibidos, que nadie le dijo nada de su fabuloso peinado obra del afamado peluquero Fulanito de Tal, que si bla, bla, bla. Desconecté, sí, lo reconozco. Claudia había tenido la boda más hermosa del mundo y en eso precisamente era en lo que ella no había reparado.  De modo que no me quedó otra que sacar el móvil y enseñarle algo que la hizo callar para siempre...

Parejas de estresados padres completamente abrazados moviéndose al son de la orquesta, caras de felicidad riendo y alzando las copas por ellos, risas sinceras y besos de enamorados. Bailes despreocupados con los pies descalzos y al fondo.. ella, blanca, radiante y afortunada, mirando embelesada a su embelesado marido. Aquella foto lo decía todo. "Tu boda Claudia, fue sencillamente la celebración del amor".

Claudia sonrió, me apretó la mano y volvió la cara sutilmente, justo hasta el punto en el que el foco de luz, hizo resaltar aún más sus enormes ojos verdes. Y ahora sí, ahora sí dejó salir el torrente de lágrimas que tenía prisionero desde el día de su boda.






















lunes, 30 de enero de 2012

El mensaje encriptado

Es curioso como a veces, cuando nos enganchamos a una serie, nos metemos tanto en ella que por momentos creemos ser alguno de sus protagonistas.  A mí me pasó no hace mucho con Sexo en Nueva York, lo malo es que empecé a tener personalidad múltiple cuando no me centraba en cual de ellas era mi alter ego. Lo mismo quería ser la esposa y madre perfecta vestida por Burberry (para lo cual me faltan ceros en la cuenta), que prefería sentirme como la chica independiente que escribe en su portátil sobre sus múltiples conquistas (para lo cual me falta independencia... y también ceros en la cuenta para los Manolos, por cierto). Con Miranda y Samantha me sentía menos identificada, cosa que mi querido agradece, sobre todo por el tema de la promiscuidad  de la segunda. Finalmente me decidí por ser una Charlotte rebajada, como el güisqui.
Pues bien, me ha vuelto a pasar. Resulta que después de ver Sherlock Holmes, me creo que vivo en una serie de detectives y a todo le encuentro el puntito misterioso. ¿Que faltan dos cervezas de la nevera?, allá que voy a seguir la pista de tal ausencia. Miro en la basura a ver en qué capa de la misma se encuentran las chapas para cotejar los resultados con los restos de comida que haya alrededor y así saber la hora en la que "alguien" las ha hecho desaparecer. ¿Qué ha sido por la noche?, ummm, veamos... yo no pude ser porque no bebo alcohol en mis cuarenta semanas de gestación. La niña tampoco porque se quedó aparentemente saciada con el último biberón, tal y como deduje después de escuchar el sonoro eructito con el que me dio la buenas noches. De manera que estaba claro, había sido él! Cogí el teléfono y puse mi voz más enigmática: -"Qué tal te sentaron las DOS cervezas que te tomaste ANOCHE?". Después de un silencio de dos minutos, supongo que el tiempo que tardó en hacerse a la idea de que no tenía escapatoria y de que estaba contra las cuerdas, mi querido contestó: -" Bien cariño, pero para esto me llamas al trabajo?"
Y en éstas estaba cuando he recibido el jerogrífico mensaje de mi amiga Claudia: "Tenmos q hablr. Import. A las 8 en El rincón de Patxi. Bss a to2." Me ha dejado sin respiración, ¡al fin un misterio de verdad! No sé si recordaréis a mi amiga Claudia, de la universidad. Aquella que se enamoró del cocinero italiano, Mario, y con la que tuve que ir a pasar un verano en la Toscana. La mismita que viste y calza. El tema es que desde hace unos días, está bastante extraña, muuuuuy misteriosa diría yo. Llora a cada cinco minutos, ríe a carcajadas los otros cuatro, se ha cambiado el color de pelo de rubio belenesteban a rubio personanormal, ya no se muerde las uñas y se ha puesto un aparato en los dientes. Monísimo, eso sí, casi ni se nota pero, ummm, mucha casualidad, no? Por otro lado ese mensaje (que querrá decir eso de "to2"? totú? tutús? adós? ¿¿??) , con esa ausencia notable de letras que demuestra sin duda la prisa que llevaba (o lo poco que lee últimamente), sin duda quiere decir algo. Después de horas intentando descifrarlo, decido arreglarme para no llegar tarde a la cita y también decido dejar de ver esta serie que me está sorbiendo el seso. Bastante tengo con resolver el misterio de qué hacer de comer para mañana con los dos limones y el sobrecito de ketchup del Burguer King que hay en la nevera.
A las ocho y cuarto entró radiante mi querida Claudia en el restaurante. Pelo de peluquería, vestido nuevo siete tallas más pequeño que el mío (yo ahora tengo tres más de sujetador, se siente), sonrisa roja Dior y mirada emocionada de "os quiero tanto amigas"... Aquí hay tomate. Mi mente se resiste a abandonar mi nueva personalidad de detective privada y empiezo a atar cabos a toda velocidad: pi piiiii piii pipi esto más esto piiii piiii pii más aparato más piiii más tinte más uñas piiii pii pi piiiiipi y por fin, antes de que por mi cabeza empezara a salir humo, Claudia bebió de su copa de vino, se puso de pie y con su famosa mirada de Candy Candy terminó con mis elucubraciones de un plumazo: -" Chicas...(suspiro, nuevo sorbo de la copa, apretón de labios, sonrisa apretada y...) me caso!!".  ¡¡Se casa!! Y qué bien se está sin ese molesto pitido en la cabeza...
Bien, pues ya es oficial, Claudia y Mario se casan en primavera. Falta poco pero aún tengo tiempo de meterme en la piel de la mejor amiga organizadora de bodas de la historia. ¿Habrá alguna serie sobre esto? ¿y con la amiga- organizadora embarazada de siete meses?, igual algún culebrón sudamericano. Me pondré a investigar ahora mismo.