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martes, 5 de febrero de 2019

Consejos vendo.



Como ya sabéis todos mis (innumerables, maravillosos y queridos) lectores, soy la responsable de contestar las cientos, miles, tal vez millones de cartas que llegan a la redacción suplicando unas palabras de esperanza, un consejo afortunado, un mensaje de aliento en el que encontrar respuesta a los problemas del día a día, de la vida, del amor. Soy la cara oculta de Pandora Encriptada, esa hechicera de los sentimientos que logra reconciliar parejas, encauzar amistades, arrancar sonrisas; todo ello desde un conocimiento profundo de la psique humana de las personas y un manejo nivel Dior de la empatía o, dicho de otro modo, de ponerme en la piel del otro.

Mi consultorio sentimental es un oasis para el que tiene sed; un Zara para el que camina desnudo; un Kebab abierto para el que vuelve a casa después de salir de marcha un sábado noche. Leo y contesto cada carta tal y como lo haría con mi mejor amigo, interiorizando el problema, visualizando una solución, transmitiéndosela con cariño y tacto. Todo muy Zen, muy relajado, muy positivo.

Por ejemplo, así, al azar, pongamos el caso de Turgalita Pérez (es un pseudónimo, Marga, nadie sabrá que eres tú).

“Querida Pandora Encriptada:

Déjame decirte, en primer lugar, que soy una ferviente admiradora de tu trabajo y de ti en concreto porque altruistamente (¿esto significa gratis?, ¿perdona?) prestas tu ayuda a los millones de personas (os lo avisé, eran millones) que como yo, acuden a ti en busca de la luz de un faro en alta mar una noche de tormenta en medio del Océano (Turgalita a veces se hace la picha un lío).

Ojalá algún día te den el Premio Nobel de la Paz y de Literatura, porque yo te daría los dos ya que eres una gran escritora que persigue el sueño de una sociedad mejor (¡¿Qué?! ¿No tiene uno Al Gore, con ese apellido que da tan mal rollo?)

Te escribo para pedirte consejo ya que me encuentro navegando en un mar de dudas y desconozco hacia donde he de virar el timón.

Verás, hace treinta años me casé en una encantadora calita ibicenca con el que hasta hace unos meses, pensé era el amor de mi vida. Ambos éramos dos hippies enamorados de la libertad y precisamente por amor, decidimos renunciar a ella uniéndonos para siempre en matrimonio.

Con los años fui acortando la melena y sentando la cabeza; tuvimos cinco hijos, un trabajo de ocho a ocho para mantenerlos, una hipoteca porque era lo que tocaba y un Volvo al cabo del tiempo porque era lo que correspondía a un puesto de mi categoría. Mateo daba clases de pintura y en los ratos libres, creaba obras de arte que luego exponía en alguna galería de la ciudad.

Éramos felices.

O eso pensaba.

Hace apenas unos meses que ha empezado a tener comportamientos extraños. Verás, se ha comprado una corbata y unos castellanos que finalmente ha devuelto porque no le cabía el pie, dado de sí como lo tiene del uso continuado de sandalias. Se ha cortado el pelo y afeitado la barba; se ha apuntado a un curso de contabilidad y al casting de Masterchef; mantiene conversaciones serias con nuestros hijos y no en modo compadre como ha hecho toda su vida. ¡Incluso se ha comprado un Iphone! ¡Él, que lleva con un Nokia desde que se lo metí en el bolsillo por si surgía alguna emergencia hace veinte años!

Mi amiga dice que es obvio que ha conocido a alguien (íntimamente quiere decir; conocer, conoce a mucha gente en general) y que además desea que lo sepa porque es imposible dejar tantas pistas si no tienes intención de ser descubierto.

¿Qué piensas tú? ¿Crees que debería contratar un detective o seguirlo yo que siempre resulta más económico? ¿Viro por avante y me fío de él ciegamente o viro por redondo y pongo a Colombo a trabajar?.

Confío totalmente en tu criterio.

Tuya siempre,

Turgalita marítima.”

Tú, querido lector, seguramente pensarás que la amiga tiene más razón que una santa y que todo apunta a una infidelidad nivel cantoso. Y puede que aciertes. Pero también puede que no y entonces emitas un mal consejo y propicies una ruptura injusta para esta historia de amor. ¿Complicado, verdad?

Observa a la maestra:

“Estimada Turgalita Marítima;

Permíteme en primer lugar agradecerte tus halagos que, si bien son de un calibre del todo desorbitado, no dejan de reflejar fielmente el cariño y la fe que me profesas. Por ello te doy las gracias y te comprendo.

Con respecto a tu marido déjame decirte que no debes guiarte por las apariencias y sí en cambio por el corazón. Mateo es la misma persona con y sin barba; en taparrabos o con corbata; con veinte años o con cincuenta. Mira dentro de él a través de sus ojos y pregúntale a su corazón qué busca mediante estos pequeños cambios sutiles en la vestimenta.  Igual tan solo ha alcanzado la madurez; ya sabes que los hombres tardan algo más en abandonar el estado de piterpanismo del que ya hemos hablado alguna que otra vez.

Alégrate por esas conversaciones serias, como tú las llamas, con vuestros hijos. Permíteme animar desde aquí a todos mis lectores a embarcarse en la complicada tarea de la educación calmada, respetuosa, tranquila. Vivimos en un mundo ruidoso y estresante que convierte en ruidosas y estresantes las conversaciones con los que más queremos: nuestros hijos. Calma, respeto, escucha activa. Ahí está la clave.

Ante todo coge aire, respira hondo diez veces al día para conectar con tu yo más profundo. Él es quien conoce de verdad a tu marido y no te engañará.

Pero si después de mirar dentro de él no encuentras respuesta, no te desesperes y hazlo dentro de su cartera. Te doy mi bendición para que lo hagas sin remordimientos, solo una vez y con cuidado.

Recuerda: la calma es fundamental para llegar a conectar tu yo más íntimo con su yo más íntimo. Ellos sabrán decirse la verdad.

Abrazo de ayurveda.

Pandora Encriptada.”

Todo  es calma y paz en el mundo Pandora.

Hasta que llego a casa y la escena con la que me encuentro es más o menos esta:

Herderas peleando en un combate a muerte por un motivo cualquiera que han olvidado hace media hora. Querido intentando que se pidan perdón por las buenas como yo les he enseñado.

—Venga chicas, respirad hondo. Mirad dentro de vosotras a ver si encontráis el motivo de los coj… Mirad a vuestro yo interior que me estoy cabreando. Mirad a vuestro yo interior a la de una. Mirad a vuestro yo interior a la de dos. Dos y medio…

—¡Mamiiiiiiiiiiiiiiii, mira lo que me ha hecho!

—¡Y mira lo que me ha hecho a mí!

Uy, aquí huele a caca. Heredera pequeña camina a lo vaquero del desierto arrastrando un pañal con el preciado botín.

—Y a la de tres ¡Se acabó! A vuestro cuarto.

—¡Mami a que vosotros no creéis en los castigos? ¿A que no?

Mami respira, invoca a Pandora, a la ayurveda, al Pájaro Espino, pero es inútil y también me uno a las discusiones, al enfado generalizado, a soltar adrenalina en familia que es como hay que hacerlo.  A mí el relax me desespera; tanto es así que cada vez que voy a un spa me entran ganas de coger el bote de crema de las manos de la masajista y dármela yo en un momentito. Mira, así, plas, plas y ya está. Mis allegados han optado por no regalarme este tipo de experiencias relajantes por motivos obvios.

A veces pienso que a base de repartir relax y calma por el mundo, voy a ser la única loca de los trapos que quede por ahí desesperándose por cualquier cosa. Bueno, y Querido, que siempre me acompaña.

viernes, 6 de julio de 2018

De profesión, opinióloga.



                    Lo mejor de irte de vacaciones en junio es la entrada triunfal que haces por la puerta de la oficina al volver, toda bronceada y relajada. Vestida de un blanco impoluto que te hace resplandecer como la Beyoncé aljarafeña, avanzas por el pasillo al ritmo del Singles Ladys que resuena en tu cabeza. Movimiento de melena obviando el detalle de que en realidad tienes cuatro pelos mal contados; movimiento de cadera sin importar que eres más bien tipo culo plano porque tú las curvas las desplazas hacia lo que es la zona de la barriga; movimiento en general, todo el que haga falta para mostrar al personal que vienes con un moreno playero digno de alabanzas y envidias varias.
                Lo peor es que todo el mundo se irá después, cuando tú estés sudando goterones y preguntándote qué hiciste tan malo en la otra vida para que el Karma te odie así, de esta manera.
-A ver, Tina Turner ¿puedes venir a mi despacho?
                En mi cabeza dejó de sonar el Single Ladies y comenzó a escucharse la banda sonora de tiburón como por arte de magia. Mar de la bahía de Cádiz, sal de mi cabeza.
- Vamos a cambiar tu sección- me dijo sin que apenas me diera tiempo a cerrar la puerta.
                Mi jefe es así, dan ganas de achucharlo por lo menos tres veces al día.
- ¿Pero qué pasa con mi consultorio sentimental? Está teniendo muchísimo éxito; todos los días llegan cartas para Pandora Encriptada, todo el mundo espera que pueda tenderle una mano, ofrecerle un consejo, solucionarle sus problemas de amor y dudas de sexo adolescente – respondí con lágrimas en los ojos para darle aún mayor dramatismo al asunto.
-Sí, sí, eres un Casco Azul del amor, pero necesitamos una sección de opinión en el periódico. Órdenes de arriba – cómo le gustaba decir eso de írdinis di irribi al muy…- y punto.
                Opinión dice. Recuerdo cuando hace años, justo antes de convertirme en madre, tenía tiempo para leer prensa, ver telediarios, tener una novela distinta siempre entre las manos. Recuerdo cuando quedábamos con amigos y opinaba dando nombres, datos concretos, fechas, lugares ¡soy periodista, pardiez! Ahora rehúyo miradas, cambio de tercios con unas medias verónicas que ni Manolete, voy al baño dando un rodeo si veo que entramos en temas escabrosos. ¿Cómo voy a escribir todo un artículo de opinión si apenas tengo tiempo de leer el prospecto del Apiretal y se los doy a ojo? Hacerme salir de mi zona de confort periodístico, no se lo perdonaré nunca. 
                Pero la verdad es que en el fondo, muy en el fondo, algo empezaba a hacerme cosquillas en la barriga. Yo soy un poco así, mitad comodona mitad kamikaze de la vida. Lo mismo te digo que no quiero ir a pasar un día a Setenil de las Bodegas porque está muy lejos que me paso un mes persiguiendo a Querido para irnos un fin de semana de novios a Venecia. Soy una kamikaze comodona, eso sí; de hotel de cuatro estrellas para arriba y a todo confort, que lo uno no está reñido con lo otro.
                El caso es que eso de opinar siempre se me ha dado bien. Eran, claro está, opiniones a pequeña escala, del tipo: “Cari, esos pantalones te quedan como a Espinete los calzones de deporte”. Aunque a la vez tengo cierto toque diplomático que hace que las verdades entren sin que te des cuenta, deslizándose entre las neuronas de tu cerebro sin apenas hacer ruido. Es un don que puedes llamarlo don o también dotes manipulativas. “Cari, estás ideal. Esos pantalones los llevaba ayer justo el cantante ese (aquí se hincha como un pavo por su exquisito gusto fashion digno de un cantante de moda, se mira y remira en el espejo, se sonríe a lo Gastón, hasta juraría que se guiña un ojo y se dice cantando: soy una máquina de amaaaaar) sí, ese que canta en Nochebuena en la tele… ¡Raphael! Bueno, pero ni punto de comparación contigo, él los llevaba más ajustados creo recordar”. Y ya. Él solito va, se cambia y se pone los que yo había dejado colgados debajo del led del pasillo, como si de un descenso celestial se tratara. Su salvación.
                Empoderada totalmente como la nueva opinióloga de la redacción, salgo a la calle a por un café que, aunque no me gusta nada,  utilizo a modo de ambientador intelectual para crearme esa atmósfera de discusiones mañaneras en torno a un periódico en un bar, el caldo de cultivo perfecto para generar opiniones de todo tipo y sobre todos los temas de Universo infinito. De camino a la cafetería aprovecho para ejercitarme como la generadora viral de opiniones que seré en un futuro y al ver a una señora con un niño de unos dos años amarrado a la cadera como un koala lleno de mocos por cierto, no puedo evitar darle mi opinión no pedida sobre su situación actual:
- Creo que ese niño tendría que estar en la guardería a estas horas y tú sudando en el gimnasio para mantener en forma cuerpo y mente. Porque no somos más madres por convertirnos en madres helicópteros pendientes de ellos 24 horas, somos mujeres independientes y además, madres. Nos han vendido mal la moto, hermana. Y esto te lo digo desde el cariño que te he cogido en estos segundos y como opinióloga profesional de un medio de comunicación reconocido.
                La Señora agarró a su niño, me miró de arriba abajo, me dijo algo en otro idioma y se fue prácticamente corriendo los cien metros lisos. Algo habrá quedado en su psique interna, me dije muy convencida y para mis adentros.
                Ya en la cafetería y mientras esperaba mi café y mis palitos de mikado, puse mi radar buscaconversaciones ajenas para ver si podía meter baza en alguna de ellas y dar mi visión certera como un dardo en la diana. Sintonicé a tres jóvenes que discutían sobre si debería este país acoger o no a los refugiados del Aquarius sin saber apenas de qué huían; dos señores de mediana edad  poniendo de vuelta y media a Màxim Huerta desconociendo por completo que, aparte de tertuliano de Ana Rosa, es un ser humano con otros logros; a un grupo de señoras de melenas cardadas y con las manos cubiertas de anillos enjuiciando a una solitaria mamá que, en un rincón y casi a escondidas, daba el pecho a su bebé de apenas unos días. Y lo vi claro. Vi claro que tener opinión es fácil, que sentar cátedra manejando un solo argumento cogido con pinzas es fácil; que decirle al otro lo que tiene que hacer es rematadamente fácil. Lo difícil es actuar, conocer, ponerse en la piel del que tiene que montarse en un barco dejando atrás casi toda su vida y poniendo en peligro lo que queda de ella; lo difícil es informarse sobre los barros de estos lodos, el por qué de las cosas, los motivos de todo.
—No quiero ser opinióloga. Quiero mi Consultorio sentimental. No me encuentro preparada aún para tal cosa, necesito tiempo para volver a estar en el mundo y poder actuar además de hablar.
                Lo entendió. Me devolvió a mi Pandora Encriptada. Me senté en mi ordenador con mi ambientador de café junto al teclado y respiré hondo antes de abrir mi primera carta del día.
“Querida Pandora Encritada:
Creo que mi marido tiene una amante. Lo noto raro; ha dejado de utilizar la colonia de litro del súper y se ha comprado la del dios griego que sale en la tele.  Ha  empezado a depilarse unos pectorales que de repente, se han hinchado como globos y cena todas las noches un yogurt desnatado sustituyendo al bocadillo de chorizo que se metía entre pecho y espalda hasta hace unas semanas. Estoy preocupada, Pandora Encriptada. ¿Crees que debería preguntarle?
Recibe un cordial abrazo de tu admiradora Intrigada Perpetua.”
                Mi respuesta fue inmediata:
“Querida Intrigada Perpetua:
Me juego mis Jimmy Choo sin estrenar a que tu marido te la está pegando. Lo que no tengo muy claro es si es con otra mujer, un hombre o uno de cada porque desde luego está dándolo todo. Contrata un detective, mira en su Facebook, intenta tener acceso a la cámara de su gimnasio… actúa.
Espero aún así que no sea nada y que únicamente se esté poniendo guapo por él y por ti. Ya me contarás.
Un saludo esperanzador de Pandora Encriptada”.
                Está claro; en el fondo soy una opinióloga kamikaze nata.


Artículo publicado en el número de julio del periódico AunmetrodeSevilla. Julio de 2018.
https://aunmetrodesevilla.files.wordpress.com/2015/07/nc2ba-132-aunmetro.pdf

martes, 15 de marzo de 2016

El consultorio IV: La chispa de la vida



Lo malo de ser la musa salvavidas de un consultorio sentimental es que a veces, sin querer, extrapolo todo lo que leo a mi vida propia amorosa. No tendría nada de malo si no fuera porque más de la mitad de las consultas están protagonizadas por el gran fantasma de las relaciones de pareja: la infidelidad.
Y hay tantos infieles en el mundo. De todos los colores, oiga. Con tantos me encuentro que estoy trabajando con la Universidad de Allensbach Hochschule Konstanz en la primera clasificación mundial del infiel común. En realidad la que trabaja soy yo y ellos caso, lo que se dice caso, no me han hecho ninguno pero no me importa, ya vendrán cuando mi estudio (avalado por la Allensbach Hochschule Konstanz) se haga viral en las redes.
Ya tengo calados estudiados los primeros grupos:
El infiel minucioso: cuida al máximo los detalles para no ser descubierto. Un infiel minucioso resetea su móvil, rellena el depósito de gasolina hasta donde debería estar si no se hubiera desplazado cincuenta kilómetros a cometer el acto delictivo, vacía los bolsillos de posibles pistas, repasa su coartada cuatro veces para encontrar posibles fallos de coherencia, se enjuaga la boca con Listerine extrafuerte y se vuelve a perfumar con su extracto realizado a base de colonia personal, sudor corporal propio resultante de haber pasado todo el día trabajando y olor a ambientador de oficina, antes de entrar en casa. Una vez allí, apaga el móvil con la excusa de la conciliación familiar. Además no tiene perfil en ninguna red social para prevenir posibles fotos comprometidas o comentarios en su muro de algún amante despechado. La persona que pertenece al grupo de infiel minucioso nunca pasea de la mano de su amante, ni frecuenta lugares públicos si no es en solitario o con su pareja oficial. Es un tipo de infiel complicado de descubrir con las manos en la masa, pero como el crimen perfecto no existe, al final, acaba cometiendo algún error que permite descubrirlo. Aunque empiezo a pensar que ese error no se produce por casualidad. Seguiremos estudiándolo.
El infiel cantoso: los hay que cantan al vuelo, que no se preocupan por quitarse el olor a amante  antes de llegar a casa. Es despreocupado y muy capaz de darle fuego a su pareja con las cerillas del Club Las Cerditas Peggye Sue´s, motel de carretera, por poner un ejemplo. El infiel cantoso no borra los selfies con su amante y no tiene reparos en llevarlo a cenar a un restaurante céntrico y concurrido.  El infiel cantoso gasta los profilácticos que guarda su pareja en la mesita de noche y no se preocupa por reponerlos. Gasta dinero de la cuenta común en regalos que nunca llegan a su pareja, hace planes para salir de marcha sin contar con ella, llega a las once de la mañana a casa sin dar más explicaciones. Es un tipo de infiel al que podemos denominar mala persona o hijo de su madre, por poner otro ejemplo.
El infiel culpable: aquel que después de cometer el acto infiel, regresa al hogar cargado de flores y te quieros penitentes. El infiel culpable toma Dormidina por las noches porque la mala conciencia no le deja dormir. Es infiel, sí, pero lo siente en el alma... ¿después de cometer la infidelidad? sí, también. Es fácilmente detectable porque de repente se vuelve detallistas y amorosos cuando antes solo hacía un regalo si así lo estipulaba el calendario oficial de fechas señaladas; a saber: Reyes, cumpleaños y aniversario. Es probable también que pierda peso pero, a diferencia del infiel vanidoso, otro tipo que tengo en fase de estudio, al culpable directamente se le quitan las ganas de comer cuando ve la comida tan llena de amor que le ha preparado su pareja y que él paga retozando con sus amantes. Llega entonces a la fase de cambio de roles: su pareja pasa a ser beatificada en los altares y él adquiere categoría de rata de cloaca maloliente. 
Estos son los tipos más comunes pero hay bastantes más. Muchos. Están en todas partes...
En cuanto al sexo del infiel, de momento no puedo arrojar una cifra cien por cien fiable del tipo: el sesenta por ciento de las mujeres son infieles. Tampoco puedo, de momento, establecer axiomas irrefutables tales como: todos los hombres que calzan un cuarenta y tres y medio de pie, son infieles del tipo B o la mitad de las mujeres que trabajan en el Ministerio del Tiempo pararán en el Club Las Cerditas Peggye Sue´s, motel de carretera, al volver de la misión de presentar a Juana la Loca y Felipe el Hermoso. Pero pronto mi artículo "Clasificaciones del infiel: definición y estudio del Homo Infidelis en el primer cuarto del SXXI. Evolución,  sintomatología y maneras de trincarlo con las manos en la masa", realizado en la Allensbach Hochschule Konstanz mi casa, verá la luz y todos podréis beneficiaros de él.
De nada.
            Como os contaba, a veces extrapolo. Y querido lo sufre, me ve extrapolar y dice:
— Joder, ya está otra vez extrapolando esta mujer mía. Deja de extrapolar o me voy a casa de mi madre mientras te dura la extrapolación porque esto no hay extrapolado que lo aguante. 
Y se va con su madre. Y yo sigo con lo mío hasta que caigo en la cuenta de que no tiene ningún sentido pensar y darle vueltas a la cabeza; es mucho mejor actuar. Entonces me paso una mañana arreglando los armarios (oficialmente) y rebuscando en los bolsillos (extraoficialmente). Busco y rebusco hasta que no queda un calcetín por revisar y luego le mando un mensaje a Querido: "Extrapolación finalizada con éxito. Acoplamiento en nave nodriza en cuanto llegues. Y de postre, tiramisú". Y Querido vuelve corriendo y con dos kilos más porque su madre no lo ha alimentado con quinoa ni avena ni acelga ninguna. 
            Aunque tengo que decir que de esta última extrapolación no se ha quejado en absoluto. 
            Todo comenzó el viernes cuando descubrí en mi buzón de correo un mensaje titulado " La chispa de la vida". Por fin un soplo de aire fresco entre tanto cuerno quemado y tanto desamor, pensé. Y me dispuse a leerlo esperanzada de toparme, esta vez sí, con un texto que me devolviera la fe en la pareja feliz.
"Buenas noches, Pandora Encriptada.
Déjame decirte, en primer lugar, que soy una fiel seguidora de tu columna. Admiro realmente la paciencia de la que haces gala en cada respuesta; tu capacidad para empatizar con quien te solicita ayuda; tu sentido del humor, cercano e inteligente, dos cualidades que en ti no están reñidas".
Después de leer esto, le hice una foto a la pantalla y se la envié a mi jefe con el texto: "Quizá va siendo hora de hablar de mi subida de sueldo ¿no crees? Besos, tu redactora estrella.
"Mi nombre es Manuela, el real. No voy a utilizar ningún seudónimo porque he llevado tan a gala siempre este nombre, que ni por un segundo quiero dejar de llamarme así. Manuela; no quiero ser nadie más."
He dejado de leer al recibir la respuesta de mi jefe: " Quizá va siendo hora de que me entregues la columna a tiempo ¿no crees? Besos, tu jefe cabreado".  Ignoro las ganas de darle a mi jefe una buena patada en las pelotas y sigo leyendo a Manuela.
"Hoy, después de muchas columnas leídas, me he animado a escribirte para contarte mi historia. No busco consejo; tal vez al contrario, si me lo permites, podría aconsejar. Leo tantas historias de desamor, tristes finales que se pudieran haber evitado, que no he podido resistirme a contarla. Déjame, Pandora, que te hable de él, de Eusebio.
Nos conocimos como nos conocíamos antes, paseando. Él paseaba con sus cuatro hermanos, todos menores que él y de los que se hacía cargo desde que sus padres fallecieran, muy jóvenes ambos. Paseaba por las calles del centro con sus manos agarradas en la espalda, la mirada atenta en sus hermanos y ese porte que le otorgaba el ser un hombre alto y fuerte. Yo me enamoré de él por esa madurez  que adquirió a los dieciséis años y por esa inocencia que aún tenía por su edad. Una mezcla irresistible para mí. Un día nos cruzamos la mirada por fin. Me acerqué a socorrer a su hermana, la más pequeña de todos, que se había caído intentando subirse a la fuente a beber. Él apareció asustado y no se percató de mi presencia hasta que la pequeña se volvió para darme las gracias. 
— De nada, bonita— le contesté yo.
— Gracias señorita...— dijo el fin Eusebio mirando al suelo.
— Manuela— le respondí acercándole la mano para obligarlo a saludarme como un caballero.
Y me vio. Me miró dos veces, una por educación y otra porque le parecí una actriz de cine, eso me confesó después.
A partir de entonces nos saludábamos tímidamente cuando nos encontrábamos por San Juan. Un "Buenos días" o un "Vaya usted con Dios" que poco a poco se alargaron con preguntas cordiales para interesarnos el uno por la salud del otro, por la de sus hermanos, por su trabajo en la compañía de luz. Y así pasó el verano, el otoño, el invierno. Y llegó la primavera y con ella floreció su amor por mí. El mío por él ya era un fruto maduro.
Comenzó a cortejarme como lo hacían antes, hablando y poco más. Alguna vez me agarró de la mano, alguna vez me dio un beso en la mejilla, alguna vez me dijo que me quería. Y una vez, por fin, me pidió matrimonio.
Y yo acepté.
No quiero aburrirte con los detalles de una boda que no tiene el lustre y la fiesta de las bodas de hoy en día. Apenas un vestido negro por el luto que yo guardaba por un familiar y una foto que nos lo recordaría siempre y que quizá termine en el salón de alguna de mis nietas. Y nada más.
Comenzamos nuestra vida en común con la ilusión de construirla juntos. Antes no era como ahora; no teníamos que tener una casa equipada con todo lujo de detalles, ni un coche en la puerta, ni un trabajo estable. Nos casábamos para formar entre los dos, una familia. Poquito a poco fuimos construyendo nuestro hogar que llenamos pronto con la llegada de nuestros tres hijos. Y fuimos felices hasta que Dios quiso y se lo llevó con él. Yo me quedé aquí para recordarlo cada día de mi vida porque querida Pandora, nosotros sí fuimos una pareja feliz. 
Estos años sin él me he dedicado a escribir sobre nosotros. Quiero dejárselo todo a mis hijos para que nunca olviden quiénes fueron sus padres y cuánto se quisieron. He escrito folios y folios sobre toda una vida juntos y una vez he volcado en ellos mis recuerdos, puedo aventurarme a compartir el secreto de una pareja feliz, que no es otro, querida Pandora, que el de mantener siempre la chispa de la vida, de la pareja, del amor.
Y eso que parece simple, no lo es en absoluto. Porque la rutina suele instalarse en nuestras vidas sin avisar. Y la pereza. Y la confianza mal entendida. Mantener la chispa es laborioso, exige dejar a un lado la comodidad del "ya lo tengo todo hecho" y pensar que cada día es una oportunidad para la reconquista. No se abandonen, no crea que el amor no se gasta, no dé por supuesto que su pareja le quiere a usted y nunca podrá fijarse en otra persona. Todo eso es un error. El amor solo se mantiene si día a día nos acordamos de él. Si no, se evapora, se volatiliza, desaparece. 
Gracias querida Pandora por leerme, estoy segura de que lo habrás hecho con atención, pues te percibo como una romántica de las de antes.
Un abrazo afectuoso.
Manuela."

Me quedé media hora frente al ordenador, con la mirada perdida, intentando imaginar a Manuela y a Eusebio paseando por San Juan. La imaginé con esa belleza antigua, con sus hondas a lo Lauren Bacall y él, su Humphrey Bogart, paseando con una mano sobre otra apoyadas en la espalda.
           Mantener siempre la chispa de la vida, de la pareja, del amor.
— Cari ¿te preparo un café? — le escuché preguntar a Querido.
Lo miré con todo el amor me acababa de transmitir Manuela con su relato y volví a reparar en su pelo revuelto, en sus ojos azules, en su pijama arrugado. 
— ¡La chispa, cariño! ¡Tenemos que cuidar la chispa!— le grité al darme cuenta de que comenzaba a liberar a su cuerpo de ciertos gases intestinales.
— Ah no, de extrapolaciones mañaneras nada. Me niego rotundamente. Tengo derecho a un café, unas tostadas y una ducha antes de que me extrapoles nada ¿de acuerdo?

              Pero esta vez no iba a permitir que se fuera a coger kilos a casa de su madre. Esta vez me ocuparía personalmente de avivar la llama, la chispa, el amor. Me arreglé y bajé a por churros, llevé a las herederas con mi madre y reservé hora para los dos en un Spá. Comimos de tapitas y cervezas, como cuando éramos novios y no teníamos que pagar recibos ni levantarnos pronto al día siguiente. Hablamos, reímos, llamamos a mi madre para ver si estaba todo controlado, nos tomamos dos gyntonics y nos fuimos bastante borrachos para casa. Como cuando éramos novios. Igual.

—Prométeme que serás como Eusebio— le dije a Querido nada más despertarme.
—¿Eusebio? ¿Eres infiel culpable? ¿Me haces pasar un día de la leche para confesarme después que te has enamorado de otro?
Vi el miedo en sus ojos. Sonreí y le besé en los labios.
— No Querido, Eusebio, la historia de Manuela ¿recuerdas? ¡Te lo conté ayer con el primer gyntónic!
—Necesitaré un ibuprofeno para recordar eso.
Se levantó, preparó café para los dos y salió a la terraza para ver el día. Yo lo contemplaba desde el sillón, con ese porte que le otorgaba el ser un hombre alto y fuerte. Y cuando con un acto reflejo se agarró sus manos en las espalda, supe que yo también había encontrado a mi Eusebio.




martes, 6 de octubre de 2015

El Consultorio III

Me han ascendido. En realidad no ha sido un ascenso como tal, no me han nombrado consultora jefa ni directora de consultorios ni nada parecido. Lo que en realidad ha ascendido es el número de mis consultas. La gente necesita soluciones en sus miserables vidas y han pensado que yo tengo todas las respuestas. Mal. No tengo solución ni para mí. Nos vamos todos a la mierda.
El caso es que me llamó Paco, mi jefe, el domingo a las ocho de la mañana, que es una hora muy buena para llamar a su puñetera santa madre pero fatídica si es para mí.
— Necesito ampliar tu columna de una semanal a siete. Venga, ponte las pilas.
— No (bostezo) no quiero (bostezo) cambiar de compañía (doble bostezo) telefónica. 
— ¿Has vuelto a desayunar gintónic? ¡Espabila! ¿Has oído lo que te he dicho?
— ¿Pero qué hora es? ¿Ha pasado algo? ¿Se ha incendiado la redacción?
— Lo que se va a incendiar es tu contrato si no te pones las pilas ya. Necesito siete columnas a la semana ¿me explico? Hay un montón de infelices llorando por las esquinas esperando a que les soluciones la papeleta. Tómate un café y enchufa el ordenador. Quiero una consulta resuelta esta noche a las ocho.
— ¡Pero es domingo! ¡Iba a llevar a las niñas al oceanario a ver a los caballitos de mar!
— ¡A las ocho!
Y colgó. Obviamente esto no podía quedar así, ni un buenos días ni un enhorabuena porque la gente te idolatra y estás salvándole el culo al periódico que sin ti no sirve ni para limpiar cristales, en fin, un algo. Me tomé dos cafés cargados y lo llamé.
— Paco una cosita te voy a decir; estas no son formas de hablarle a tu columnista estrella. Se dan los buenos días y luego, con amabilidad, se le propone todo eso de las siete entregas y demás. A ver ¿cómo queda mi sueldo si acepto?
— ¿Tu sueldo? Déjame pensar. A ver... sí, mira, tu sueldo se va a incrementar en lo que viene siendo satisfacción personal y tal. Más adelante, si va bien y firmamos la publicidad con los del Chilly Gel y el Hemoal, ya hablaremos de subida sueldo. Ahora, por favor, idolatrada consultora ¿quieres ponerte a trabajar?
Colgué. Me acordé de Lorena Bobbit y de su gran obra y me dispuse a contestar al primer ingenuo que me hubiera escrito, no sin antes levantar a las niñas, darles el desayuno, vestirlas y prepararles la mochila con lo básico (rebequita por si refresca, muda por si se manchan, toallitas, suero fisiológico para los mocos, agua, batido, galletas y un plátano por cabeza), consolarlas por la promesa rota de mamá, convencerlas de que me trajeran una foto de los caballitos de mar, repartir tres besos de amor, pasadlo bien, mamá os echará de menos, os quiero y cierre de puertas. 
Trescientos veintisiete correos en mi bandeja de entrada, la mayoría con las palabras "urgente", "desesperada", "ayuda" e "infidelidad" en el asunto del mensaje. Lo dicho; el mundo se va a la mierda si esperan que yo tenga respuesta para todo.
            Selecciono uno al azar: "Buscando una razón"
"Estimada Pandora Encriptada,
hace años que sigo con fervor su columna aunque, he de confesar, lo hago a escondidas en el baño. No me avergüenzo de ello, o sí, tal vez un poco. Igual si se cambiara el nombre por el de Doctora Igartiburu o similar, algo que elevara la categoría del consultorio, podría hacerlo en la vía pública y no el baño. Leer su columna, me refiero. Lo demás seguiré haciéndolo en el baño y no en la vía pública. En fin, voy al kit, kid, kith, al meollo de la cuestión.
Hace seis años que conocí a mi mujer en una fiesta de la espuma que organizó mi cuñado en la discoteca del pueblo. Me fijé en ella porque destacaba entre todas: era la única que permanecía seca y sentada en una esquina, observando la escena pero sin intervenir. Yo siempre he sido un hombre discreto, chapado a la antigua, aburrido en otra palabra. Por eso, cuando la vi tan comedida, tímida y respetuosa, me enamoré de ella al instante. 
Esa noche, la de la fiesta de la espuma, terminé etílicamente perjudicado, más que por la cantidad de cerveza ingerida, por la cantidad de espuma inhalada, y cuando quise darme cuenta, mi Irati se me había marchado. 
Pasaron días hasta que volví a encontrarme con ella, esta vez en la gala de elección de Mis Bengoetxea, ya que el nuestro es un pueblo pequeño pero colmado de mujeres bellas, no vaya usted a pensar lo contrario. Txumari el pescadero, Asier el barbero y yo, formábamos el jurado objetivo y neutral del concurso, aunque en él participara la hija del primero que era, a la sazón, sobrina carnal del segundo. Dicha circunstancia no fue sin embargo óbice para que se deliberara con justicia y raciocinio y  llegáramos a un veredicto final exento siempre de cualquier muestra de preferencia de la una sobre las otras. 
Mi Irati observaba en silencio el desfile desde la primera fila. Siempre callada, atenta, la mirada fija en las tres concursantes que iban y venía por la pasarela que improvisamos en el paseo del pueblo. Tan solo cuando Maitane salió elegida Mis Bengoetxea, compitió con el padre y el tío de esta por el fervor de los aplausos. Y me enamoré aún más de ella al verla celebrar con tanto ahínco mi decisión de proclamar vencedora a Maitane, quizá porque adiviné en ella el apoyo que tanto necesitaba en mi vida personal. 
Aquella noche, tras los brindis por el triunfo de Maitane, me envalentoné y me acerqué a ella decidido a suplicar, si llegara el caso, por una cita con mi Irati. 
— ¿Puedo invitarte a un txacolí?
— No gracias.
— ¿Una caña tal vez? ¿Un refresco? ¿Un pintxo? ¿agu..
— No estoy interesada en mantener relaciones sexuales con usted. Puede ahorrarse la invitación porque ni hoy ni nunca me resultará atractivo ¿de acuerdo?
Me quedé mudo pero prendado hasta el tuétano de aquella mujer que era capaz de hablarle tan claro a un hombre. Y si las relaciones íntimas iban a suponer que ella nunca me diera una oportunidad, decidí atajarlas desde el principio.
— Oh, no. No quiero mantener ninguna relación sexual con usted, a pesar de ser una mujer increíblemente bella y atractiva. Verá, tengo, digamos, a ver; mi cuerpo, de cintura para abajo, está "de baja" ¿me comprende?
—No.
—Ya, claro. No me he explicado bien. Mi cuerpo, en esa zona— dije señalándome a la bragueta directamente— no responde, digamos, a estímulos de ningún tipo.
— ¿Es usted un eunuco?
— A efectos prácticos sí— contesté esbozando una gran sonrisa.
La mirada de Irati se enterneció, su cuerpo visiblemente se relajó. 
— Pero bien frío.
— Claro, claro. Helado. Muerto prácticamente desde el ombligo.
— El txacolí— me dijo entre carcajadas. Qué bella era cuando reía.
Bebimos un vaso tras otro mientras nos contábamos nuestras vidas. Era enfermera, era preciosa, era hija única y huérfana, era música en mis oídos, era amante de las biografías históricas, era un amanecer en mi vida, era una gran cocinera, era un mar de sentimientos, todos ellos de amor, todos, para mí.
Nos despedimos después de un reconfortante desayuno en la cafetería del hospital donde entraba a trabajar esa mañana. Y desde entonces, nos vimos cada día. Conversábamos, reíamos, nos callábamos, nos hicimos amigos íntimos. 
Una noche quise invitarla a conocer a mis padres. Ella accedió y quedamos en que la recogería del hospital al finalizar su turno de las nueve. Aún faltaban quince minutos para la hora y yo ya la esperaba nervioso en la puerta de la clínica. Miraba el reloj una y otra vez. Los minutos pasaban; cinco, diez, veinte... A las diez de la noche no había ni rastro de Irati. No podía ser que se hubiera olvidado de algo tan importante. Subí a su planta sin saber muy bien si enfadarme o preocuparme, afligido por hacer esperar a mis padres que con tanta ilusión la esperaban. Esa noche quería pedirle matrimonio antes de la cena y después, en los postres, dar la noticia a mis padres. No tenía dudas de que quería pasar el resto de mi vida con ella, aunque tuviera que renunciar para siempre a cualquier encuentro carnal. O igual no, igual podría "curarme" milagrosamente e intentar algún día, quién sabe, quizá ella bajaría la guardia y entonces yo... Entonces la vi. Tendida en una camilla rodeada por cinco enfermeras y dos médicos que llenaban su cuerpo con líquidos transparentes a toda velocidad. "Bajadla inmediatamente para un TAC y una resonancia de urgencias. Vamos, vamos, vamos". "Está estable. Hay que bajarla". 
La cabeza me daba vueltas, el corazón se me salía del cuerpo a cada latido, el cuerpo se me derramaba en lágrimas. Irati. 
Irati.
Al cabo de tres horas pude verla. Ella a mí no. Tenía los ojos cerrados y respiraba al compás que la máquina marcaba. Irati. Un ictus, me dijeron. Y da gracias porque sigue con vida, me dijeron. No sabremos nada hasta dentro de setenta y dos horas mínimo, me dijeron. 
Yo no me separé de su cama en setenta y dos días, los que estuvo en coma. Cada día la aseaba, le echaba perfume, le pintaba los labios. Cada día velé su sueño pidiendo al cielo que si se la llevaba, me llevara a mí con ella. Y a los setenta y dos días, despertó. Entonces me separaron de ella, la hicieron suya, pruebas y más pruebas, medicamentos y más medicamentos, pero ni una palabra de cómo estaba. 
Después de tres días, me llamaron a su lado.
— Quiere verle— me dijo el doctor que la había estado atendiendo aquellos días en la UCI.
— ¿Cómo está?— contesté aún sorprendido por la noticia.
— Oficialmente está consciente y evoluciona favorablemente. Oficiosamente está milagrosamente bien. Vaya a verla, le espera.
Las piernas me temblaban... y la boca... y las manos. Abrí aquella puerta con un nudo en el estómago, pero no duró más que lo que tardé en verla sonreír. Irati.
Poco a poco consiguió levantarse de la cama, andar, hablar, reír a carcajadas. Yo estuve con ella cada día, cada minuto. Fue duro pero a la vez maravilloso verla apoyarse en mí como lo hizo, verla coger fuerzas, verla salir andando del hospital con su alta en la mano.
— Vente a vivir a mi casa, allí podré cuidarte mejor, por favor— le dije— Mejor aún, casémonos. Por favor, sé mi esposa, mi mujer, sé mía para siempre.
— Es lo mínimo que puedo hacer por ti. Sí, sí quiero.
La besé sabiendo que había accedido a casarse conmigo como pago por sus cuidados pero decidí desoírme y me propuse conquistarla día a día hasta mi milagrosa "curación genital". Que no quisiera sexo conmigo la noche que la conocí, no significaba que no quisiera tenerlo nunca con su marido. Es más, seguro que lo estaba deseando, de modo que tenía que acelerar todo el proceso curativo para estar resucitado para la boda.
Nos casamos una mañana de mayo en la pequeña iglesia del pueblo. No hubo invitados, ni banquete, ni coche nupcial. Irati no tenía a quien invitar y me pareció una descortesía llenar los bancos de la familia del novio y que los de la novia estuvieran vacíos. 
Esa noche, cuando nos encontramos en nuestra cama, decidí contarle la buena noticia:
— Irati, mi vida, ha ocurrido un milagro. ¡Mi cuerpo, sin duda gracias a ti, ha despertado!
Irati me miraba sin saber bien si reír o llorar. Después rió. Y lloró. Por último, me abrazó. Y así abrazada a mi cuello me dijo al oído: — ¿Recuerdas lo que te dije la noche que nos conocimos? Ni ahora ni nunca, no puedo corresponderte, ni podré. Nunca.
Note como mojaba mi cara con sus lágrimas y la abracé más fuerte. Y así, entre sus brazos y sus lágrimas, renuncié a la resurrección de mi cuerpo.
Pasamos los setenta y dos meses siguientes viviendo en absoluta felicidad. La convivencia era maravillosa, nos compenetrábamos como almas gemelas, hechos uno. Todo en nuestra relación era perfecto, ni una queja, ni una pega. O solo una, pero yo mismo me prohibí  pensar en lo que no tenía remedio. 
Hasta ayer, cuando en la cena me lo soltó a bocajarro.
— Me ha enamorado. Con todo el dolor de mi corazón, que es mucho, inmenso, infinito, tengo que confesarte que amo a otra persona. Siento ser una ingrata después de cómo me cuidaste en el hospital, en casa, siempre a mi lado... y pagarte así, de esta manera tan ruin que me avergüenza hasta lo más profundo de mi ser. Pero no puedo engañarte, aunque de poco sirva, no puedo mentirte más.
Se levantó, me dio un beso en la frente, cogió su maleta y se fue. 
Llevo desde entonces sin dormir, sin dejar de pensar en qué es lo que pudo haberle faltado, en dónde pude haber fallado, pero no encuentro respuesta. Ni una sola. Por favor, Pandora Encriptada, ilumíname.
Atentamente:
Lovelorn."
Madre de mi vida. Desde luego cuánta razón tenía mi abuela; no hay peor ciego que el que no quiere ver. En fin, voy a ello con cuidado.
"Querido Lovelorn; 
después de emocionarme profundamente con tu relato, te insto a que releas tus propias palabras y encuentres la respuesta a tus preguntas. Desde aquí fuera se ve todo muy claro pero de igual modo te daré una pista: me juego la cabeza a que el nuevo amor de tu ex, tiene nombre de mujer.
Atentamente:
Pandora Encriptada.