Érase una vez dos hadamamás que se propusieron repartir magia e ilusión a grandes y pequeños. Juntas recorrían en bicicleta la ciudad pensando a golpe de pedal, de qué manera podrían hacer tal cosa.
- "Mira Turuleta: y si preparamos una carroza multicolor desde la que ir repartiendo huevos de chocolate a diestro y siniestro? Yo podrían inmortalizar las sonrisas de los afortunados al recoger su premio por existir y al final, podemos montar una exposición fotográfica a la que podría seguir viniendo la gente a por más huevos y más fotos y así hasta el infinito. ¿Magnífico, eh?
-" Mira Adelfita, a mí me da que de tanto mirar por ese objetivo se te está nublando la vista... ¿Pero de dónde saco yo tanto huevo de chocolate? Tú y yo somos dos hadas estupendas, con cuatrocientos poderes mágicos pero desengáñate, la cocina no es lo nuestro."
- "Pues venga, mejóralo... cortarrollo es la $&%##@&#@ de los huevos...!"
Y así se divertían ellas dos, de paseo por la ciudad cavilando y pedaleando, cavilando y pedaleando, cavilando... Y a fuerza de hacer paradas bajo los árboles para reponer líquidos, pasó lo que tenía que pasar: que al final se les ocurrió una idea brillante.
- "Mira querida compañera, tengo la solución: ¿sabes cómo podríamos hacer felices a niños y mayores?"- dijo una.
- "Pues mira, en eso estoy" - le contestó la otra.
- "Ves ese árbol de ahí?, pues podríamos convertirlo en el árbol en el que todos los niños pudieran dejar su chupete cuando llegara ese día en el que se convirtieran en niños mayores o como decimos en mi tierra, "mayorniños".
-" Uy "mayorniños"! ¡Qué palabra tan preciosa! Hablaré con mis contactos académicos para ver si lo acuñan como nueva entrada en la próxima edición del Diccionario. Pero continúa, plis!"
Y allí que se enzarzaron en una conversación interminable en la que ataron los flecos de la que denominaron en su argot codificado, como Operación chupeteo.
Visitaron a los altos mandos mágicos para pedir permisos y licencias, todo por favor. Reclamaron cuidados especiales para su árbol, tales como música clásica por las mañanas, riego con agua con colacao para que creciera fuerte por las tardes y masaje en las ramas dos veces por semana para evitarle contracturas. A todo esto le dijeron que no, claro está. Pero ellas se escapaban de la Gran Casa de las Hadas por la noche y su ratito de música y masajes no se lo perdía el arbolito.
Como ocurre en muchos cuentos, los personajes que son buenos, al final recogen su recompensa y como Turuleta y Adelfita habían sido más que buenas, de repente empezaron a salir haditas de debajo de las piedras para ayudarlas en lo que necesitaran. (Tenéis toda la relación de hadas y duendes ayudantes aquí, que ella lo cuenta con más gracia y así os reís un rato bueno con lo graciosa que es la joía)
Total, que allí colaboró todo quisqui en lo que pudo cada uno y como resultado final, ocurrió lo que Turuleta y Adelfita buscaban desde un principio:
Cientos de niños vivieron como un momento feliz y mágico, lo que de otro modo tenía todas las papeletas para convertirse en un momento amargo y triste y dejaron sus chupetes más felices que perdices.
Cientos de niños se fueron a la cama esa noche ilusionados porque ya no eran bebés, eran niños grandes que habían dejado en aquel árbol su chupete como símbolo de una fase que dejaban atrás en sus vidas.
Cientos de adultos fueron felices al ver felices a sus pequeños. Unos pocos lo fueron también por el dinero ahorrado en futuras ortodoncias propiciadas por el ansía con que sus hijitos chupeteaban desde recién nacidos.
Y en un rincón del parque, una niña de 33 años, miraba embelesada y sin poder creerse que aquel ayudar por ayudar, aquellas muestras de amistad entre personas que no se habían visto las caras ni una vez, aquel derroche de optimismo y buen rollo, pudiera ser de verdad. Y ella también fue feliz... sobre todo cuando escuchó aquello de "Soy una Superoína!" mientras miraba emocionada la cara de su pequeña Carlota.
Y colorín colorado, este cuento ha comenzado.